Dibujando sonrisas, Abriendo corazones

Desde pequeña traje a mis padres por la calle de la amargura con mi falta de apetito y mis manías con las comidas. De adolescente empezaron las digestiones largas, pesadas y con ardores de estómago. Todo eso pasó. Y hoy traigo ese recuerdo a mi vida tras haber digerido una  experiencia  contundente, pesada, dura pero a la vez deliciosa. Como pasa con esos guisos de toda la vida que nos metemos entre pecho y espalda de vez en cuando.

Mi experiencia dibujando sonrisas tuvo lugar este verano en el Hogar Teresa de los Andes de Bolivia. 

Su digestión creo que terminará con este post, el cual lleva dando vueltas dentro mí casi mes y medio. Y tras la digestión, espero que llegue el nutrirme de todo lo vivenciado en esas intensas y emotivas semanas. Vamos a ello…

Mis primeros días en el Hogar anduve a merced del viento, sin vela y sin timón, de un lado para otro en un estado de bloqueo que, para una mente activa, analítica y organizada como la mía me producía sensación de vértigo y mareo. Seguramente la austeridad de las condiciones en las que estábamos y que reinaban a mi alrededor junto con los jugos, sopas y guisos de res también tenían algo que ver con esa indisposición o mal cuerpo.

Una vez más tuve que mandar callar a esta cabecita mía y sacar partido a todo ese lado emocional que a veces se me hace de rogar, se protege con una coraza por purito miedo a ser herido y parece que se avergüenza de asomar el hocico. ¡¡Que la mente se ocupe!! Hacemos esto, y luego esto…compramos esto… y luego lo otro. He de decir que en este caso el panorama de los pabellones no era para menos.¡¡ Había tanto por hacer!!

Sin embargo en medio de ese caos y desorden tan difícil de organizar, las cosas funcionaban, llevaban el ritmo del “ahorita” que reina en Bolivia pero marchaban. Era cuestión de meterse en la corriente, dejarse llevar y escuchar solamente el ritmo de tu corazón. Sin cuestionarnos qué, como, y cuando desayunan los chicos, ni cómo están las sábanas o el olor que se respira en las habitaciones. Cuando toca baño, bañamos. Cuando toca fregar, fregamos. Con la sabiduría del corazón que sabe abrazar cuando toca, sonreir cuando toca y acariciar cuando toca.

Y así, con la emoción a flor de piel, ligerita y sin corazas mentales, empecé a tener una nueva percepción de esa realidad en la que estaba inmersa. Inconscientemente dejé de ver aquello que me incomodaba para llevar mi atención y mi emoción a gestos, palabras, anécdotas y detalles que me sorprendían y llenaban de admiración.

Me llegaban de todos lados, de los ojos de los chicos a los que bañábamos y dábamos de comer, Menacho, Marcial, Clarita… De las miradas agradecidas de las cuidadoras Eli y Elsa. Del gesto rígido pero deseoso de conversación del profesor Jorge, o de los brillantes ojos de Justina en el taller de tejer. De la dulzura y sabiduría de mi profe favorita Rossy, de la risa tímida de David, y otros niños de la unidad educativa o del ritmo caribeño de José y Reinaldo al bailar el “Despacito”.  Mi atención volaba detrás de los chicos paceños voluntarios del colegio Amor de Dios que con solo 17 y 18 años se desvivían por atender a los chicos con una actitud que me conmovía hasta hacerme estremecer.

¡Qué importante es saber dirigir la atención a aquello que nos sale del corazón y no a los prejuicios, ideas y opiniones que albergamos en la mente!

¿Qué sentido tiene la existencia de estos chicos sin familia, la mayoría totalmente dependientes cuyo día a día está lleno soledad y dolor?, y ¿qué puedo aportarles yo en sólo dos míseras semanas de mi verano? Pregunta mi mente indignada, arrogante y ansiosa por hacerlo y  saberlo todo. Y después de unos cuantos días mi corazón responde condescendiente…

Amiga mía, estos chicos están aquí  y ahora por y para ti, para que tú los veas, para que tú los admires, para que comprendas que:

*Son modelo de aceptación de la realidad, su realidad, la que les ha tocado vivir  y contra la que no pierden el tiempo en rebelarse porque no pueden vivir más que la suya.

*Son modelo de presencia, pues viven en presente día a día, disfrutan o sufren cada momento plenamente, no se enganchan en pasados ni en futuros.

*Son modelo de esfuerzo y superación, no se quejan, si hay algo que pueden hacer lo hacen y punto, con toda su energía, atención e intención.

 

 

*Son modelo de agradecimiento pues con bien
poquito te regalan la mejor de sus sonrisas.

Un día antes de dejar el Hogar el equipo de voluntarios de Ayuda en Acción nos planteamos cuál había sido nuestra labor con esos niños, y no tan niños, discapacitados y sin familia con los que habíamos convivido. Proyectos, ideas, planes, talleres, actividades…todo se difuminaba y disipaba como una mancha de agua dulce en un mar de necesidades básicas que cubrir y entre las que el afecto y compañía eran las más urgentes. Y de ahí surgió de forma espontánea nuestro lema  “Dibujando Sonrisas”.

Dibujamos sonrisas, si, muchas, e hicimos su presente un poquito más amable. Porque creo que la sonrisa es la puerta de acceso al corazón de las personas. Y solo cuando yo abrí sin miedo el mío pude darme cuenta del sentido de la existencia de estos chicos, de todo lo que nos enseñan con su vida. Por no decir todo lo que mis compañeros, dibujantes de sonrisas, me estaban mostrando día a día. Cada uno a su manera, con su estilo, todos han sido una gran inspiración para mí en esta aventura,

Bea Alonso con su sencillez y espontaneidad

Bea Varela con su entrega y disponibilidad

Rafa con su inmensa generosidad y energía

Raquel con su profesionalidad y alegría

Rafa jr con su eterna sonrisa y buen humor

Miriam con su dulzura y valentía

Gracias equipo, me ha costado mucho poner en palabras todo lo sentido y vivido este verano. Pero ahora que acabó mi digestión, voy a sacar buen provecho de lo aprendido.

Mabú.

Si queréis leer más sobre esta apasionante experiencia del equipo de Voluntarios a Terreno de Ayuda en Acción en Bolivia os recomiendo,

Un mar de sensaciones

Por la sonrisa de un niño

 

 

 

Ellos y mis corcheas

Creo que ya he dicho en alguna ocasión que observar desde la distancia a la gente que tengo a mi alrededor y a la que me voy encontrando por el camino es un pasatiempo que me enriquece y divierte a partes iguales. Y para estas líneas me vienen a la cabeza dos personas muy significativas para  mí.

La primera es un tipo muy cercano, entrañable, con alma de explorador, audaz, soñador y lo mejor de todo, libre de tontunas mentales. Su pasión particular el mar, una tabla y una vela. Sabe exprimir el presente como nadie. Me atrevería a decir que eso de vivir el aquí y el ahora no es de Eckhart Tolle, sino que es cosa suya…así de osada soy. Disfruta del proceso completo. Desde la preparación de los equipos, la búsqueda de las mejores localizaciones para navegar, hasta llegar al ansiado instante en el que se sube a la tabla. A partir de ahí es él, el mar como mejor compañía y la mano del viento que le impulsa a una danza impecable.  En un momento de su vida se topa con una inoportuna lesión que manda sus momentos gloriosos al traste y abre la puerta a otros de reflexión e introspección que le acompañan a mirar con perspectiva la composición y poner las fichas del juego en el lugar que corresponden. Es un tipo capaz de plantarse ante los reveses con un capote y mucho arte y espetarle un aquí estoy yo a lo Manolete, salvo por la montera indescriptible, most sorry, que me perdonen los taurinos. Se remanga sin contemplaciones y a transformar lo que era su pasión en el mar por la misma pasión en tierra. Y para ello construye con sus propias manos, mucho internet y toneladas de tesón, un carrovela. Una suerte de artilugio desconocido para mí, que le lleva a surfear en tierra, explanadas de mar abierto. Lo que admiro es su capacidad para aceptar el plato que la vida le pone delante, su imaginación para aderezarlo con las especies que más le gustan, llenarlo de salsa y seguir disfrutando hasta el último bocado, con la misma intensidad.  Está claro que posibilidades hay muchas, mentes capaces de sobreponerse a los vientos desfavorables, quizá alguna menos. Eso es reinvención. Una persona energética y divertida que se come la vida a cada paso que da.

Mi segundo protagonista tiene súper poderes. Vamos, que estoy esperando el día en que se presente a una cena por la ventana con capa, pantaloncito ajustado y antifaz. Dónde lo tendría escondido… esa es la gran pregunta. Como no es un tipo normal que te encuentras un domingo tomando el vermut, lo de aplicar poderes es para verlo desde la barrera no vaya a ser que te succione y sin quererlo ni beberlo te encuentres en el ojo del huracán que es donde se debe encontrar él cuando se enfrasca en cualquier tarea que acomete. No vale entrar, darse un paseíto, ver que se cuece por ahí y hacer el paripé.  Qué va, eso es para sin sangres. Cuando se mete, no deja ni las migas, como le dejes engulle hasta los cubiertos. Toma posesión y literalmente disecciona el asunto en compartimentos que un humano cualquiera ni se imagina que puedan existir. Entra en cada uno de ellos con equipación completa. Investiga cada byte y bit hasta tener claro todos los detalles, cada aspecto, lo que es posible y lo que no aunque eso ya lo veremos. No existe afición, arte, cachivache, ni proyecto que se le resista. Su fuente de poder es su capacidad ingente de motivación que moviliza todo su ser hacia eso que ha elegido. Expiar sus movimientos cuando está manos a la obra supone presenciar en vivo y en directo el maravilloso estado de flow.  El tiempo se para, el espacio se diluye, no existe nada salvo él y lo suyo. La concentración es absoluta, sus recursos personales se ponen en fila de a dos y como marines, salen en el momento oportuno para servir a la causa. Señor, sí señor! La distracción es una palabra que no aparece en su diccionario particular. Ese es el estado en el que entran los grandes artistas que miman nuestra alma con sus obras de arte. Ese es el estado en el que se entra cuando hay pasión por lo que se hace, cuando nos fundimos en el baile de la creación.

Mis dos caminantes de hoy son fieles a ese impulso interior que desde siempre les hace vibrar ante su pasión. Ellos simplemente dicen sí. Simple pero quizá no tan común, porque pasiones tenemos todos y no todos abrimos la puerta para entrar en ellas. Si esto fuera así, aunque solo fuera en tiempos de ocio, creo que el mundo sería de otra forma. Si además fuera en el trabajo, estaríamos viviendo en el Edén. La cuestión es que siempre me ha encantado observar sus emociones cuando están en eso que les fascina, conectados consigo mismos, disfrutando al cien por cien. Y como la envidia, por muy mala prensa que tenga, tiene una parte buena, puedo decir tranquilamente que me daba bastante envidia sana. Yo también quería sentir eso que sienten ellos, por qué no.

El caso es que después de más de tres décadas le he dicho al piano cuya tapa había bajado un día y no había vuelto a subir. Nunca pensé que sería a través del piano como entraría en ese estado que veía de lejos. En mi caso ni pericia, ni talento, ni dones especiales, ni trajecitos prietos. Lo mío es pico-pala. Horas y horas tratando de domar unos dedos que se empeñan en no llegar a las teclas, que como niños rebeldes deciden ir cada cual por su lado sin ton ni son. Horas de solfeo que entra en el cerebro más bien a empujones porque lo de la armonía, las tonalidades, las claves, las escalas, se me enreda como una madeja entre las neuronas. Horas que vuelan sin darme cuenta y que si me descuido, se me pega hasta el último garbanzo del potaje. Sin embargo no todos son penurias. Si fuera solo eso, habría vuelto a cerrar la tapa y no la levantaba ni el kung fu. La parte emocionante llega precisamente como recompensa al esfuerzo. Cuando por fin una melodía se asemeja a lo que está escrito, cuando voy poco a poco ganándole terreno a la partitura y no digamos cuando llego al final. Es como poner la banderita en la luna. La bondad del piano es que, a diferencia de otros instrumentos, permite ir arrancándole música casi desde el principio, que sea de calidad ya es otro cantar. Pero ahí estamos, pasito a paso.

Una de las cosas que más me divierte es recorrer este camino con mis compañeros de faena que vibran con la música, quieren aprender, se esfuerzan cada día por mejorar y con los profesores que con paciencia infinita nos tienden su mano y nos alientan. Y por último con las maravillosas voces que me van animando, como la de uno de mis héroes que en un momento de inspiración nos regala a mi guitarrista preferida y a mí esto que, al escucharnos, nace de sus entrañas…

Gracias de corazón, queridos, por ser una inspiración para mí. Por haber vivido desde siempre vuestras pasiones con tal determinación que ha hecho posible mi propia búsqueda interior. Un día de estos nos marcamos un ménage à quatre. Es cuestión de imaginar qué componemos para que el carrovela vuele y pincel inmortalice.

Ana

 

 

Necesitamos VEC en la familia

El otro día una buena amiga compartió una interesante traducción de Sandra Ramírez del blog Victoria Prooday sobre Educación Montessori del que dejo aquí el link:

Educación Montessori

Al leerlo, inmediatamente sentí que mi siguiente post en el blog de Amalive.es tenía que tratar sobre la familia. La familia, ese tesoro de valor incalculable que todos codiciamos, ya sea por ser el primer contexto en el que nos ubicamos cuando recordamos nuestra más tierna infancia, como por ser la meta a la que muchos aspiramos cuando planificamos nuestro futuro. ¡Ay, la famiglia!, como diría Vito Corleone en El Padrino.

Precisamente un día antes, mi compañera Ana y yo tuvimos el lujo de ser recibidas en el despacho de Roberto Aguado Romo, Psicólogo Clínico creador del método de Vinculación Emocional Consciente VEC. Entre los temas y emociones que surgieron de nuestra agradable conversación destacaría la esencia y la importancia de la familia en la educación emocional.

Desgraciadamente cada vez  hay más familias  donde el trato cercano y amoroso entre sus miembros es insuficiente. Donde se educa con carencias afectivas y ausencia de valores. No hay duda de que la familia está evolucionando a ritmos vertiginosos, familias monoparentales, con hijos únicos, con hijos de otros matrimonios, familias con padres del mismo sexo…. Y como tal, la forma de  relación entre los miembros se debe adaptar a las circunstancias. Pero en cuanto a educación, en cuanto a valores, en cuanto a afectos… ¿qué tenemos que contemplar para hacer de nuestros hijos personas autónomas y emocionalmente independientes, con espíritu crítico y capacidad de liderarse a sí mismas, sea cual sea el entorno familiar en el que vivan?

El artículo al que me refiero comienza: “Hay una tragedia silenciosa que se está desarrollando hoy por hoy en nuestros hogares, y concierne a nuestras más preciosas joyas: nuestros hijos. ¡Nuestros hijos están en un estado emocional devastador

¿Qué es lo que está pasando y qué estamos haciendo mal?

¿Qué hacer?

Siguiendo el VEC de Roberto Aguado, en educación, como en cualquier tipo de relación, nuestra propia conciencia emocional es la que nos guía para vincularnos a la emoción de nuestros hijos. Simpatizamos y luego empatizamos para desde ahí poder guiarles hacia esas emociones CASA (Curiosidad, Admiración, Seguridad y Alegría) que todos compraríamos con los ojos cerrados para nuestros pequeños. Emociones que garantizan niños seguros, felices y con ganas de aprender.

El artículo Montessori añade que “si queremos que nuestros hijos sean individuos felices y saludables, tenemos que despertar y volver a lo básico”, y aporta una serie de recomendaciones de las que yo señalo aquí las más relevantes desde el punto de vista emocional.

  • Establezca límites y recuerde que usted es el capitán del barco. Sus hijos se sentirán más seguros al saber que usted tiene el control del timón.
  • Estar emocionalmente disponible para conectarse con los niños y enseñarles auto-regulación y habilidades sociales.
  • Conviértase en un regulador o entrenador emocional de sus hijos. Enséñeles a reconocer y a gestionar sus propias frustraciones e ira.
  • Enséñeles a saludar, a tomar turnos, a compartir sin quedarse sin nada, a decir gracias y por favor, a reconocer el error y disculparse (no los obligue), sea modelo de todos esos valores que inculca.
  • Conéctese emocionalmente – sonría, abrace, bese, cosquillee, lea, baile, salte, juegue o gatee.

De todo esto yo, personalmente me quedo con que, sea cual sea el contexto familiar en el que crezcan nuestros hijos, la educación es siempre responsabilidad nuestra. No culpemos al medio, a la sociedad, a las circunstancias… como dice Roberto “Haz todo lo que dependa de ti y es posible”.

Siempre hay ocasión para un abrazo sentido,

Gracias Roberto.

Mabú.

 

 

 

Filtros xls

Cuatro dígitos, un bip y se abre la puerta de la oficina.

Open plan con isletas de tres o cuatro mesas dispersas por todo el territorio. En cada una, un mini-ecosistema. Dicen que hay que hacer del lugar de trabajo un espacio acogedor y cómodo, como si estuviéramos en casa. Pues no se preocupe usted. Allá vamos. Aquí la plantita. Las  más afortunadas mirando al frente, altivas ellas, tan estupendas. Las menos, chuchurrías mendigando agua y deseando convertirse en cactus. En un rincón privilegiado, las fotos. Las típicas de los niños, la pareja, la familia, las de los viajes que nos transportan de un plumazo a las Seychelles o Tordesillas, según glamur y presupuesto. Apiladas desordenadamente o en perfecto estado de revista, las montañas de papeles que ocupan un espacio de la mesa siempre escaso. Los inconfundibles post-its de todos los colores y formas, en equilibrio sobre el marco del monitor. Son los guardianes de las urgencias, los que nos gritan prioridades y marrones. El frasco de los chinos del que se asoman palitos impregnados de olor… fundamental para paliar el impacto de ciertas visitas que vieron la ducha allá por el pleistoceno. Y cómo no, las botellas de agua. Más abundante en la zona de las féminas, que se acerca el verano y conviene mantener el tipín. Como digo, cada puesto de trabajo es un micro-mundo, reflejo inequívoco de su inquilino.

Tener el privilegio de poder contemplar paisaje y ocupantes es un lujo al que no me resisto. Unos minutillos al día y lleno folios de reflexiones sobre comportamientos, gustos, aficiones y personalidades. Me divierte meterme en mi dron particular y desplazarme por el espacio intentando captar lo que se cuece en las trincheras. Observo de todo. Los que manejan con arte situaciones límite, los que se agobian ante un mínimo de presión, los que no aguantan ni el feedback más depurado, o los que por el contrario dejan que cualquier apisonadora pase por encima de sus jardines sin piedad. Y andaba yo en esas, sobrevolando el territorio, cuando un día decido aterrizar en la explanada de una compañera que me llama poderosamente la atención. Dudo ligeramente de mis intenciones. No sé si es del todo legal el examen al que le voy a someter, pero decido acallar mi conciencia. Seguro que la información que me voy a llevar merece el asalto. Así que despliego tienda de campaña, saco de dormir y pepito de ternera y como un soldado entrenado me dispongo a vigilar movimientos, reacciones y hasta pensamientos. Vamos, que si me descuido me meto dentro de ella con las botas de militar incluidas. Necesito saber qué hay en ella que le permite vivir exactamente las mismas situaciones que yo pero sin despeinarse ni un pelo, cuando yo salgo de ellas con el moño hecho trizas. No me cuadra. Si vivimos lo mismo cómo es posible que ella esté tan ricamente y yo tan malamente. Ya me hubiera gustado llegar a este momento de parada y fonda hace más tiempo, pero uno despierta cuando despierta y no antes. Qué le vamos a hacer.

Elijo un momento de especial tensión y comienzo la observación minuciosa de cada gesto y emoción que percibo. Me hago muchas preguntas. La respuesta es siempre la misma. No le afecta. No es que disimule o pretenda ser quién no es. Es mucho más sencilla y honesta. Simplemente no le afecta. Con una elegancia pasmosa va sorteando obstáculos, palabras subiditas de tono y formas que dejan mucho que desear. Ella permanece serena, tranquila. Esboza una sonrisa que a mí me parece imposible esbozar. Decido entrar en su cerebro y curiosear la hoja excel con la que está operando. Voy leyendo las casillas de la cabecera en orden y lo que está escrito bajo ellas.

Situación, leo los hechos tal y como son sin adornos ni florituras. En este caso se trata de un problema de relación laboral con un compañero.

Objetivo, bajo esta cabecera hay una única frase la relación tiene que mejorar para poder trabajar en equipo de forma eficaz.

Pensamientos, aquí hay más datos  razones, puntos de vista, alternativas, posibilidades, soluciones, compromisos…

Emoción, las que leo son seguridad, compasión.

Corporalidad, dos palabras respiración – calma.

Con toda esa información veo que logra el resultado que se había propuesto, quizá no al cien por cien, pero bastante cerca.

Y ahora viene la parte chunga. La de comparar su hoja con la mía. Resulta que en  la casilla situación, como decía, los datos son los mismos. Curiosamente en la mía no aparece la de objetivo. Muy interesante. Ella lo tiene claro y yo ni siquiera lo contemplo. Vamos mal. La de pensamientos es toda una película de miedo… no le soporto, se va a enterar, le voy a cantar las cuarenta, esta vez no me callo… y un largo etcétera que mejor me guardo. En la de emoción la cosa pasa de castaño oscuro. La mía se tiñe con las palabras resentimiento y alguna otra de pelaje semejante. En corporalidad leo tensión, palpitaciones, agitación. En fin, de esta guisa tenía que obrarse un milagro para lograr salir mínimamente airosa de la situación. Obviamente no es el caso.

Así que con ambas hojas en la mano llego a mis propias conclusiones. Esto es una cuestión de filtros. En la primera los filtros hablan de respeto, eficacia, apertura, escucha, emociones que ayudan a lograr objetivos. En la segunda hablan de heridas, emociones enquistadas, pensamientos destructivos, ralladuras mentales, frustraciones…

Me encantaría pensar que es tan sencillo como elegir los filtros que más nos convienen, pero me temo que no es tan fácil. Cuando nos vemos en situaciones complicadas tendemos a culpar al mundo, la situación o a los otros protagonistas de la historia. Casi todo menos volver la mirada a nuestro interior, a ver si por casualidad tuviéramos algo que ver con lo que nos está pasando. Sin embargo, si somos capaces de pasar por encima de nuestro orgullo, de ahondar en esas emociones que no hemos dejado evolucionar, de revisar pensamientos distorsionados… las posibilidades se empiezan a abrir ante nosotros.  Entonces podemos ver qué filtros estamos usando y plantearnos otros mejores, más adecuados, que nos pongan en bandeja de plata la emoción que toca, la que acompaña a la situación de forma saludable.

El primer paso es caerse del guindo y tener la humildad suficiente para querer mirarse por dentro. A partir de ahí lo de siempre; paciencia, entrenamiento, mucha ternura y toneladas de sentido del humor que nos permitan reírnos de nosotros mismos, que somos y al mismo tiempo no somos, tan importantes.

Ana

Un compromiso de 8 semanas

Practico Yoga desde hace más de ocho años, me gusta, me relaja, me hace desconectar de mis rutinas diarias y además noto mis músculos y articulaciones mucho más flexibles y elásticos que cuando era adolescente. Aunque no me considero una yogui empedernida, ni comulgo con esa corriente de vida zen, alimentación ecológica y meditación diaria, reconozco que la meditación lleva un tiempo guiñándome el ojo.

Es como esa desconocida que te han presentado más de una vez pero que ha pasado desapercibida porque, aparentemente, tiene poco o nada que ver contigo, y simplemente no le das conversación. Pero luego resulta que te la encuentras en los sitios más insospechados y en los momentos más inoportunos. Otras veces alguien te habla bien de ella y te la vuelve a presentar…¡otra vez!

Así llevo casi tres años con ella, con “La Meditación”. Nos vemos aquí y allá, que si meditación zen, vipassana, trascendental, mindfulness… Me guiña el ojo vestida con sus mejores galas e  incluso me invita a un café rápido. En alguna ocasión hemos llegado a tener una pequeña conversación intrascendente pero luego ambas nos despedimos de forma apresurada y cada una a sus cositas.

Yo no creo en las casualidades y por eso me dije: “Si por distintos sitios te hablan bien de alguien, ese alguien merece una oportunidad”. Y entonces pensé: “O decido evitarla definitivamente y no detenerme cada vez que me cruce con ella por el camino, o doy el paso y le propongo formalmente conocernos”.

Y en esas estoy desde hace una semana, firmemente comprometida a reunirme con doña “Meditación” todos los días en una cita de 45 minutos de reloj. ¡Toma ya! Y lo digo con conciencia porque, a día de hoy, no está siendo tarea fácil para mí.

Llevo ocho días y ya he faltado cuatro a mi cita, y eso que ella está siempre ahí puntual, esperando con los brazos abiertos y, francamente, me parece maja esta chica, algo tímida, poco habladora, pero sincera y sensata. Y yo, tensa y rígida como un palo, acudo a nuestros encuentros esperando relajarme, pero me impone mucho su presencia. Empiezo a pensar en si estaré adoptando la mejor actitud, en cómo llenar tantos minutos. Otras veces me ha ocurrido que estoy tan cansada cuando acudo a la cita, que caigo en brazos de Morfeo en cuanto me siento , ¡qué vergüenza! Por no mencionar cuando no consigo desconectar de mis asuntos y ando totalmente distraída, vamos, que no le presto ninguna atención. La verdad es que se me hace muy larga nuestra reunión diaria y estoy algo incómoda todavía.

Nadie dijo que los principios fueran fáciles, lo sé. Pero también sé que Meditación tiene mucho que enseñarme, solo necesitamos algo más de tiempo. Paciencia, Mabú, no seas ansiosa y ve pasito a pasito, seguro que nos haremos buenas amigas.

Acabo ya, Doña Meditación me espera y no quiero faltar a mi compromiso. Prometo perseverar y seguir compartiendo mis avances, porque ya no hay marcha atrás, porque tengo ocho semanas por delante para conquistar este nuevo reto y luego…, a celebrarlo, por supuesto. Námaste, lectores.

 Mabú.

Proyectos de Vida -CIVSEM-

Llego puntual y nerviosa. La cita es importante. Durante los tres próximos días voy a acompañar a un grupo de alumnos de CIVSEM a vivir una experiencia profundamente transformadora. Se encuentran en el ecuador del programa DPOP Desarrollo Personal y Orientación Profesional- y es el momento de hacer una parada para reflexionar, mirar hacia dentro. Delante de sus compañeros se preparan para exponer, en unos minutos, su Proyecto de Vida. Ni más, ni menos.

Observo a mi grupo con mucho interés a ver si por algún resquicio me cuelo dentro de sus pensamientos y escucho lo que pueda estar ocurriendo por ahí. Pero más que palabras, lo que escucho, son emociones. No me sorprende. No estamos acostumbrados a dejar entrar en nuestra cueva a cualquier desconocido, como tampoco entramos en la del vecino sin invitación previa. Pero ésta es una ocasión especial. Están aquí precisamente para eso. Para entrar en contacto con ellos mismos y abrir puertas. Es el momento de proyectarse hacia el futuro y diseñar con consciencia.

Uno a uno y envueltos en un impecable respeto, van exponiendo sus proyectos. El resto escuchamos fascinados las historias que cada cual quiere compartir. Casi invariablemente comienzan aportando contexto. Cómo no. Resultaría difícil plantearnos el futuro sin haber indagado en quiénes somos y de dónde venimos. Para algunos, volver la mirada atrás supone revivir experiencias dolorosas, recuerdos de heridas aun abiertas que la fuerza y el coraje sacan a empujones hasta liberar el alma, produciendo una auténtica catarsis. Son momentos de una increíble intensidad en los que la ternura de las miradas proporciona el sostén emocional que la persona necesita y agradece. Para otros, recordar lo que fueron y vivieron representa un paseo más liviano. Quizá no tuvieron que atravesar las mismas colinas empinadas y pudieron disfrutar del camino sin grandes sobresaltos. O quizá, sí. Puede que se encontraran con  escollos incluso mayores y tuvieran a mano los recursos que necesitaban para salir fortalecidos de sus experiencias y sean hoy un modelo inspirador para los demás.

Han ido abriendo las puertas de su hogar interior y ahí, en la intimidad de la penumbra, hemos encontrado un rinconcito en el que compartir necesidades, anhelos profundos, inquietudes. Y en ese espacio no hacen falta capas ni disfraces, nos basta y nos sobra con ser nosotros mismos y hablar desde nuestra autenticidad sintiéndonos acogidos en la escucha amorosa de los demás. Y es precisamente la escucha la que nos permite ir recogiendo pedacitos de vida, que como tesoros, nos muestran algo que necesitamos aprender. Es la escucha la que nos abre los ojos a una mirada diferente, la que nos ayuda a comprender, a derribar muros…

Poco a poco el entusiasmo se hace presente y se perfilan los proyectos de vida. Algunos tímidos, otros más atrevidos. Todos ellos cargados de ilusión y esperanza. Escuchamos palabras como quiero dejar de, me he dado cuenta de, voy a incorporar, escuchar, ahora entiendo la palabra respeto… y tantas otras expresiones que ofrecen a sus mentes y a sus corazones un nuevo lienzo sobre el que pintar. El latido del grupo anima y respalda a cada persona para que siendo muy consciente de su valor y la responsabilidad que tiene sobre su propia vida, empiece a dar los primeros pasos hacia esa vida que proyectan.

Seguimos caminando, ahora transformados por esta experiencia en la que hemos aprendido lo necesario que es mirarnos y mirar con compasión, reconociendo que es mejor ir pasito a pasito, suave-suavecito, como la canción, sabiendo que cada milímetro que avanzamos es un triunfo. Salimos con las emociones que proporciona la conexión sincera con los demás, que unen y reconfortan, teniendo claro que el cambio pasa por una decisión personal y una acción, como punto de partida.

Nos vamos soltando certezas y abrazando incertidumbres, con un lienzo en blanco, colores y pinturas. Dispuestos a experimentar nuevas texturas, difuminar, aplicar el juego de luces y sombras, poniendo el punto de fuga donde corresponde para que la composición tenga sentido, arrancando de las entrañas esa obra de arte que puede ser nuestra vida.

Mi agradecimiento y admiración infinitos al equipo y formadores de CIVSEM y a la Fundación Tomás Pascual Sanz y Pilar Gómez Cuétara por hacer realidad la transformación de tantas personas.

Ana

De lunes o de lujo

09:00 en punto de la mañana. Entro en la oficina en mi primer día de trabajo. Recién salida del horno. Experiencia cero. Ganas e ilusión, diez. Avanzo por los pasillos hacia la mesa que voy a ocupar desde hoy, hasta Dios sabe cuándo. Me presentan a unos y otros y yo sonrío muy educada. El torrente de emociones que pulula a sus anchas es curioso. No solo el mío, también el que intuyo en la sala. De golpe y porrazo trazo un mapa en el que voy poniendo chinchetas de colores. Flanco sur: sujeto delgado, moreno y con cara de pocos amigos. Le asigno una chincheta marrón oscura.  A su derecha y de espaldas, una pelirroja de aspecto desenfadado, con cara de lista, sonrisa franca y dentadura impoluta. Me gusta, así que para ella, la verde. Si miro a mi izquierda me topo con un tipo imponente que además lo sabe. Me saluda con un bienvenida al barco de esos que derriten el esqueleto. Por lo bajini respondo pues yo ni te cuento. Lo único que le reprocho es el tubo entero de gomina que se ha echado en el tupé. Una pena. Para él una naranja. Si apunto al norte me encuentro con un caballero de los de antes. Un señor entradito en años, con traje oscuro a medida, corbata clara, gemelos en la camisa. Por su aspecto y su aire confiado resuelvo que es el jefe. Me ha hecho sentir en casa. Sin duda, la azul es suya. A su lado pero en las antípodas, me mira una mujer enjuta, igualmente trajeada. Su gesto estirado y el rictus sobrio me dicen a gritos que cuanto más lejos mejor. Miedo, da un rato, así que le doy la morada. Por fin, como si lo hubiera estado buscando, me encuentro al dueño de la roja. Un chaval bajito, pelo de punta, vaqueros desteñidos y cara de guasa. Me planta un par de besos y con un guiño conectamos inmediatamente. En cuestión de minutos tengo la orografía bastante bien definida.

Con el paso de los días y los meses voy mejorando mi mapa, matizando unos colores, realzando otros. Me sirve de guía para moverme por el terreno. Me muestra las zonas umbrías por las que ir con cuidado, las aguas tranquilas o las más revueltas. Me ayuda a localizar puntos estratégicos en los que repostar para coger fuerzas y llenar mis motores, como si de gasolineras se trataran. Y con el mismo tino, me avisa de otros donde ocurre lo contrario, como me descuide, me drenan hasta la última gota.

Entrar por la puerta los lunes es como entrar en un micro-planeta, con toda su variedad de flora y fauna. Cada cual con su forma de entender la vida, sus experiencias, su mundo emocional. Y entre tanta riqueza me topo invariablemente con dos opuestos. El que me responde a mi alegre buenos días, qué tal? con un, de lunes. Y el que al mismo saludo responde con un de lujo. La diferencia no es precisamente baladí.

Ignoro a quién se le ocurrió el primer de lunes, pero lo que tengo claro es que se lució con la expresión. Hizo un flaco favor tanto a los que la dicen como a los que la escuchamos. Los primeros porque la pronuncian con la complicidad del que comparte un dicho popular certero, sin darse cuenta del impacto que tiene ese par de palabras. Estoy convencida de que les coloca en un sitio bastante inhóspito desde el que empezar la semana, escoltados por estados de ánimo de dudoso color. Con ese panorama, van a tener que salir a cazar motivación si quieren afrontar los retos del día a día con ciertas garantías. Los segundos porque tenemos la desgracia de que salvo que vayamos protegidos, nos cae como un jarro de agua fría. Tardé un tiempito en adivinar que semejante expresión pegajosa no me hacía ni pizca de gracia. La recibía inconsciente, como tantas otras, como si no pasara nada, hasta que caí en la cuenta de que cada vez que alguien la repetía empezaba a sentir como si me despojaran de mi alegría y a cambio me plantaran delante de una montaña difícil de escalar. Buf, qué poquito hace falta para contagiar las emociones. Por esa razón, hace tiempo decidí desplegar mi paraguas muy elegantemente para que esas palabras y su frío desolador resbalaran silenciosas cayendo al suelo.

De lujo, sin embargo, tengo claro a quién se lo escuché decir por primera vez. Un gran compañero y amigo que lo pronunciaba con una sonrisa enorme y mayor convicción. Sin saberlo me llenaba de gasolina mis circuitos, justo lo que necesitaba para abordar lo que tuviera por delante. Lo más curioso es que lo usaba incluso en momentos de fuerte marejada, cuando el resto no sabíamos donde asirnos para no caernos por la borda. Su impertérrito de lujo era capaz de colocarnos de nuevo dentro del barco para seguir remando. No se trata de una mera expresión, sino de una actitud que permite ver lo bueno, lo que tenemos, lo que se puede hacer, las oportunidades. Una actitud que viene acompañada de emociones que nos capacitan para lograr lo que queremos, disfrutando del camino.

De nuevo hablamos de elecciones personales, de saber qué conviene comprar y vender en la arena pública. No todo sirve, pero hay grandes personas capaces de sacar al mercado material precioso disponible para todos.

 Ana