La bailarina de Auschwitz, Edith Eva Eger

Una vez más llega a mis manos un libro sobre el pueblo judío y una vez más me adentro en su lectura, ávida por conocer. En este caso es la historia de Edith Eger, superviviente del campo de concentración de Auschwitz. No sé que tiene la historia de este pueblo que tanto me atrae, quizá sea porque durante una época compartimos tierra y avatares y su ausencia me produce tristeza y la nostalgia del país que podíamos haber sido, de estar aún entre nosotros.

Las reseñas del libro hablan de una historia de superación ante las adversidades. Yo más bien creo que es una historia de amor. Amor por la vida. Y en paralelo, la necesidad de ser amado, de pertenecer, de ser reconocido.

Edith nos deja un maravilloso legado en forma de innumerables aprendizajes a partir de vivencias extremas y de su forma de encarar la vida tras la liberación. Creo que ella se alegraría al saber que su experiencia es de utilidad para nosotros, tan ajenos a los campos de exterminio nazis, pero en ocasiones, tan prisioneros de nosotros mismos en nuestra propia mente, como ella explica. Sigue leyendo

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Cuatro dígitos, un bip y se abre la puerta de la oficina.

Open plan con isletas de tres o cuatro mesas dispersas por todo el territorio. En cada una, un mini-ecosistema. Dicen que hay que hacer del lugar de trabajo un espacio acogedor y cómodo, como si estuviéramos en casa. Pues no se preocupe usted. Allá vamos. Aquí la plantita. Las  más afortunadas mirando al frente, altivas ellas, tan estupendas. Las menos, chuchurrías mendigando agua y deseando convertirse en cactus. En un rincón privilegiado, las fotos. Las típicas de los niños, la pareja, la familia, las de los viajes que nos transportan de un plumazo a las Seychelles o Tordesillas, según glamur y presupuesto. Apiladas desordenadamente o en perfecto estado de revista, las montañas de papeles que ocupan un espacio de la mesa siempre escaso. Los inconfundibles post-its de todos los colores y formas, en equilibrio sobre el marco del monitor. Son los guardianes de las urgencias, los que nos gritan prioridades y marrones. El frasco de los chinos del que se asoman palitos impregnados de olor… fundamental para paliar el impacto de ciertas visitas que vieron la ducha allá por el pleistoceno. Y cómo no, las botellas de agua. Más abundante en la zona de las féminas, que se acerca el verano y conviene mantener el tipín. Como digo, cada puesto de trabajo es un micro-mundo, reflejo inequívoco de su inquilino. Sigue leyendo