Filtros xls

Cuatro dígitos, un bip y se abre la puerta de la oficina.

Open plan con isletas de tres o cuatro mesas dispersas por todo el territorio. En cada una, un mini-ecosistema. Dicen que hay que hacer del lugar de trabajo un espacio acogedor y cómodo, como si estuviéramos en casa. Pues no se preocupe usted. Allá vamos. Aquí la plantita. Las  más afortunadas mirando al frente, altivas ellas, tan estupendas. Las menos, chuchurrías mendigando agua y deseando convertirse en cactus. En un rincón privilegiado, las fotos. Las típicas de los niños, la pareja, la familia, las de los viajes que nos transportan de un plumazo a las Seychelles o Tordesillas, según glamur y presupuesto. Apiladas desordenadamente o en perfecto estado de revista, las montañas de papeles que ocupan un espacio de la mesa siempre escaso. Los inconfundibles post-its de todos los colores y formas, en equilibrio sobre el marco del monitor. Son los guardianes de las urgencias, los que nos gritan prioridades y marrones. El frasco de los chinos del que se asoman palitos impregnados de olor… fundamental para paliar el impacto de ciertas visitas que vieron la ducha allá por el pleistoceno. Y cómo no, las botellas de agua. Más abundante en la zona de las féminas, que se acerca el verano y conviene mantener el tipín. Como digo, cada puesto de trabajo es un micro-mundo, reflejo inequívoco de su inquilino.

Tener el privilegio de poder contemplar paisaje y ocupantes es un lujo al que no me resisto. Unos minutillos al día y lleno folios de reflexiones sobre comportamientos, gustos, aficiones y personalidades. Me divierte meterme en mi dron particular y desplazarme por el espacio intentando captar lo que se cuece en las trincheras. Observo de todo. Los que manejan con arte situaciones límite, los que se agobian ante un mínimo de presión, los que no aguantan ni el feedback más depurado, o los que por el contrario dejan que cualquier apisonadora pase por encima de sus jardines sin piedad. Y andaba yo en esas, sobrevolando el territorio, cuando un día decido aterrizar en la explanada de una compañera que me llama poderosamente la atención. Dudo ligeramente de mis intenciones. No sé si es del todo legal el examen al que le voy a someter, pero decido acallar mi conciencia. Seguro que la información que me voy a llevar merece el asalto. Así que despliego tienda de campaña, saco de dormir y pepito de ternera y como un soldado entrenado me dispongo a vigilar movimientos, reacciones y hasta pensamientos. Vamos, que si me descuido me meto dentro de ella con las botas de militar incluidas. Necesito saber qué hay en ella que le permite vivir exactamente las mismas situaciones que yo pero sin despeinarse ni un pelo, cuando yo salgo de ellas con el moño hecho trizas. No me cuadra. Si vivimos lo mismo cómo es posible que ella esté tan ricamente y yo tan malamente. Ya me hubiera gustado llegar a este momento de parada y fonda hace más tiempo, pero uno despierta cuando despierta y no antes. Qué le vamos a hacer.

Elijo un momento de especial tensión y comienzo la observación minuciosa de cada gesto y emoción que percibo. Me hago muchas preguntas. La respuesta es siempre la misma. No le afecta. No es que disimule o pretenda ser quién no es. Es mucho más sencilla y honesta. Simplemente no le afecta. Con una elegancia pasmosa va sorteando obstáculos, palabras subiditas de tono y formas que dejan mucho que desear. Ella permanece serena, tranquila. Esboza una sonrisa que a mí me parece imposible esbozar. Decido entrar en su cerebro y curiosear la hoja excel con la que está operando. Voy leyendo las casillas de la cabecera en orden y lo que está escrito bajo ellas.

Situación, leo los hechos tal y como son sin adornos ni florituras. En este caso se trata de un problema de relación laboral con un compañero.

Objetivo, bajo esta cabecera hay una única frase la relación tiene que mejorar para poder trabajar en equipo de forma eficaz.

Pensamientos, aquí hay más datos  razones, puntos de vista, alternativas, posibilidades, soluciones, compromisos…

Emoción, las que leo son seguridad, compasión.

Corporalidad, dos palabras respiración – calma.

Con toda esa información veo que logra el resultado que se había propuesto, quizá no al cien por cien, pero bastante cerca.

Y ahora viene la parte chunga. La de comparar su hoja con la mía. Resulta que en  la casilla situación, como decía, los datos son los mismos. Curiosamente en la mía no aparece la de objetivo. Muy interesante. Ella lo tiene claro y yo ni siquiera lo contemplo. Vamos mal. La de pensamientos es toda una película de miedo… no le soporto, se va a enterar, le voy a cantar las cuarenta, esta vez no me callo… y un largo etcétera que mejor me guardo. En la de emoción la cosa pasa de castaño oscuro. La mía se tiñe con las palabras resentimiento y alguna otra de pelaje semejante. En corporalidad leo tensión, palpitaciones, agitación. En fin, de esta guisa tenía que obrarse un milagro para lograr salir mínimamente airosa de la situación. Obviamente no es el caso.

Así que con ambas hojas en la mano llego a mis propias conclusiones. Esto es una cuestión de filtros. En la primera los filtros hablan de respeto, eficacia, apertura, escucha, emociones que ayudan a lograr objetivos. En la segunda hablan de heridas, emociones enquistadas, pensamientos destructivos, ralladuras mentales, frustraciones…

Me encantaría pensar que es tan sencillo como elegir los filtros que más nos convienen, pero me temo que no es tan fácil. Cuando nos vemos en situaciones complicadas tendemos a culpar al mundo, la situación o a los otros protagonistas de la historia. Casi todo menos volver la mirada a nuestro interior, a ver si por casualidad tuviéramos algo que ver con lo que nos está pasando. Sin embargo, si somos capaces de pasar por encima de nuestro orgullo, de ahondar en esas emociones que no hemos dejado evolucionar, de revisar pensamientos distorsionados… las posibilidades se empiezan a abrir ante nosotros.  Entonces podemos ver qué filtros estamos usando y plantearnos otros mejores, más adecuados, que nos pongan en bandeja de plata la emoción que toca, la que acompaña a la situación de forma saludable.

El primer paso es caerse del guindo y tener la humildad suficiente para querer mirarse por dentro. A partir de ahí lo de siempre; paciencia, entrenamiento, mucha ternura y toneladas de sentido del humor que nos permitan reírnos de nosotros mismos, que somos y al mismo tiempo no somos, tan importantes.

Ana

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