Ladrones de tiempo

Vivimos en la era de las comunicaciones, disfrutamos de todas las tecnologías habidas y por haber. Podemos hablar con un familiar, colega o amigo que vive en el otro extremo del globo mientras conducimos al trabajo, usamos nuestro portátil mientras volamos en un avión, consultamos la actualidad cuando nos ejercitamos en el gym e incluso podemos enviar las fotos del finde a un grupo de amigos mientras vamos en el autobús. Es más, ya ni esperamos el autobús pues bajamos a la parada cuando nuestra aplicación del móvil nos dice que quedan tres minutos para que pase. ¡Es fantástico!

El tiempo es sin duda el recurso más preciado en nuestros días, y por ello ahorrarreloj-cansado tiempo se ha convertido en el objetivo de todos los avances tecnológicos. Y si la tendencia es ir en esa dirección, ¿cómo es que tenemos la sensación angustiosa de que no nos da la vida?: “Uy, no puedo estoy muy liado”, “Si tuviera más tiempo me apuntaría a esto y a lo otro”, “Últimamente no leo nada, me falta tiempo”…

¿Dónde está ese tiempo que antes empleábamos en llamar a nuestros amigos para saber de ellos o por sus cumpleaños? O ese tiempo que usábamos para leer los periódicos y revistas o ver los telediarios, o para ir a la biblioteca a consultar un libro, o para hacer cola ante un organismo oficial… Si el tiempo es oro debe haber alguien que se está haciendo rico rapiñando el que ahorramos unos y otros gracias al progreso y que no invertimos en mejorar las relaciones familiares, en cultivar las amistades, en pensar y leer para culturizarnos y aprender. En definitiva ese tiempo que no usamos para crecer como personas, hacer lo que nos gusta y llevar una vida más plena y feliz.los-ladrones-del-tiempo-a1t31

Ladrones de tiempo, me gusta esta expresión, pero… ¿los tenemos identificados? Supongo que cada uno tenemos los nuestros, pero… ¿Me he parado a ver cuáles son mis ladrones de tiempo? ¡Ah! claro, es que no tengo tiempo para pararme a observar y pensar en qué se me va el tiempo, es que, últimamente no me da la vida.

Y digo yo, ¿qué tal si, en un acto loco de generosidad, empezamos por regalamos unos cuantos minutos diarios de esos que ahorramos gracias a internet, por ejemplo, para pensar y reflexionar? Para ver cómo distribuimos nuestro tiempo. Y… ¿qué tal si convertimos este regalo en un hábito en nuestras rutinas?, ¿qué tal si poco a poco vamos invirtiendo esos ahorrillos de tiempo en lecturas, compromisos, personas, proyectos y en definitiva tiempo que nos nutra como personas?

reloj-pngAhí lo dejo, no quiero robaros más de vuestro valioso tiempo, ¡faltaría más!, simplemente os animo a probar, libremente, cada uno cómo, cuándo y donde quiera. Estoy casi segura de que algún cambio en nuestra calidad de vida notaremos y puede que hasta logremos mantener a raya a algún ladrón de tiempo.

                                                            Mabú.

 

 

Las personas sí cambian

No sabría decir cuántas veces he oído en mi vida la expresión la gente no cambia. Muchas, eso seguro. En general tengo la sensación de que es como un mantra que se repite una y otra vez como parte de la sabiduría popular.  Y no solo la oímos sino que se corrobora cuando nos encontramos con alguien que hace tiempo que no vemos y sentenciamos no ha cambiado, está como siempre. Y se vuelve a confirmar cuando vemos en los demás o en nosotros mismos que los comportamientos se repiten una y otra vez al son de los mismos tambores. Y tanto corroborar terminamos impregnando nuestras células de esta idea y la vamos soltando por ahí a diestro y siniestro contribuyendo a que la idea se perpetúe. Claro, así no hay quien se plantee cambiar nada.

Reconozco que es difícil rebatirla porque los elementos están muy en contra, pero voy a exponer aquí algunas ideas a ver si alguien se anima a cuestionarla.

Antes de empezar a desgranar mi opinión sobre este tema tengamos presente que la gente somos todos. Lo aclaro porque esta frasecita tan estupenda parece que habla de los demás como de esos pobres de ahí fuera que ¡oye, es que no cambian! No amigos, esta frase nos incumbe a todos. Si yo pienso que la gente no cambia, obviamente estoy pensando que yo tampoco puedo cambiar. ¿Y dónde me deja eso? Posiblemente en la inmovilidad y en el típico si es que yo soy así. Buf, que hartura oír esa cantinela.

Analicemos qué ocurre cuando tenemos esta idea, desde distintas perspectivas.

Y para que sea más fácil, elijamos un ejemplo de nuestra vida en la que desearíamos que una persona o incluso yo, cambiara algún aspecto. En esa situación nuestra mente buscará como un sabueso todas las evidencias que demuestren que esa idea es correcta, nos las traerá en bandeja y le daremos su premio. Buen chico, se llevará una palmadita y se irá moviendo el rabo tan contento. Se ha cumplido el proceso. Le pedimos que traiga pruebas que sostengan mi idea de que la gente no cambia y él, muy diligente, hace su trabajo.

En otro plano veamos qué ocurre con nuestras emociones en ese mismo ejemplo. Cada uno tendrá las suyas. Particularmente mis emociones son todo un poema y pueden variar entre tristeza y miedo y en muchas ocasiones, rabia. O una mezcolanza de ellas.  En cualquier caso son emociones que me llevan a sentir una desesperanza que se aviva con la ayuda de pensamientos en torno a la misma idea; si ya lo decía mi madre, por mucho que queramos la gente no cambia, fulanito va a ser así hasta que se muera el pobre… para dar vueltas de tuerca y meternos en el fango mental, somos unos especialistas.

Estos pensamientos y emociones nos dejarán anclados en un tipo de acciones. Difícilmente podremos hacer las cosas de un modo distinto si nuestras células nos están gritando que no podemos cambiar. Así, será difícil que ni siquiera nos plateemos el cambio. Y si nos lo planteamos  es fácil que abandonemos al primer escollo, total, quién ha dicho que las personas sí pueden cambiar.

A mí me da que en todo este asunto hay un poco de yo te salvo, tú me salvas. A ver si me explico. Si yo creo que tú no puedes cambiar porque eres así, habrá que apechugar contigo. Aunque claro siempre hay otras opciones como mandarte al cuerno, por ejemplo. Y de alguna manera implica que a mí también me vas a salvar. Tendrás que apechugar con mis cositas. O mandarme a dónde te parezca oportuno. Porque total, no podemos cambiar. Sin embargo, yo defiendo que esto no es necesariamente así, que podemos cambiar y que desde luego merece la pena el esfuerzo que hagamos, no solo con respecto a nosotros mismos, sino con respecto a los demás. Pensar que estamos aquí para ser cada día mejores personas ayuda a sostener esta premisa. No se trata pues, de salvarnos unos a otros o de mandarnos lejos, sino de remangarnos y trabajar.

En este momento de la reflexión alguien me podría preguntar. ¿Y por qué razón tendría yo que cambiar nada? Pregunta interesante. Efectivamente, no se trata de cambiar por cambiar, se trata de ver qué no funciona del todo como a ti te gustaría y plantearte si acaso hay algún aspecto de ti que puedes cambiar para que eso funcione mejor. O tal vez estás tratando de lograr algo que otra persona sí logra y es necesario que cambies algo para alcanzar ese objetivo. O quizá la necesidad de cambio no te llega por una reflexión personal sino que hay algún alma caritativa que te muestra una situación que podrías mejorar. Bendita sea. Sea como sea, creo que el primer paso es darnos cuenta de qué es eso que necesitamos cambiar para mejorar nuestra vida. Y de la mano de esa toma de conciencia, la convicción de que sí es posible el cambio.

Para ayudar un poco, imaginemos que nos inoculamos la idea de que las personas sí cambian y dejamos que se extienda. ¿Qué ocurriría en este caso? Algo muy distinto. El sabueso buscaría cualquier muestra de cambio por pequeño que fuera y se lo traería orgulloso. Nuestras emociones estarían más cerca de la alegría. Sentiríamos esperanza y confianza. Este nuevo estado mental y emocional nos permitiría actuar de un modo distinto. Si estamos convencidos de que otra persona puede cambiar un comportamiento, todo nuestro ser se podría poner a su servicio. Nuestro lenguaje, emociones y acciones le acompañarían en el camino. Y lo mismo ocurriría si se trata de cambiar algo de nosotros mismos.

cambioSi alguien se encuentra en la maravillosa situación de querer cambiar algo y además cree que puede, le pediría que tuviera en cuenta una cosilla nada despreciable. Llevas pensando-sintiendo-haciendo lo mismo durante ¿cuántos años, 20, 30, 40, 50 o incluso más? Estupendo, pues enhorabuena por darte cuenta y enhorabuena por querer cambiar. Nunca es tarde. Eso en sí mismo es un triunfo.  Piensa que tantos años tienen un pequeño coste y es que la fuerza de la costumbre hace que nuestras reacciones sean muy automáticas y cuando queremos cambiar algo esa fuerza sea como un mamut, difícil de parar. Tener esto en cuenta es fundamental para no desanimarte…es que mira que lo intento y no hay forma, sigo haciendo lo mismo… no querido amigo, no. Error. Te va a ocurrir, así que más vale que estés preparado, lo entiendas y lo aceptes. Y claro que te va a costar. Esto no es gratis. Manejar ese mamut requiere esfuerzo.  La cuestión es si estás dispuesto a levantarte cuantas veces sea necesario.

El proceso de cambio conviene hacerlo al trantán. No sirve de mucho querer correr. Correr cuando hemos visto el tamaño del mamut y su tendencia a ir por libre, hasta que consigamos domarle, es de poco listos, por no decir de tontos.  No nos sorprendamos si un día alcanzamos una cima y al día siguiente nos estrellamos contra ella cuán largos somos. La desesperación, el juicio feroz y el látigo vamos a ver si los dejamos bajo llave, no vayamos a sentir la tentación de usarlos. En su lugar usemos otras habilidades mucho más útiles. Observación, análisis y aprendizaje. Mucho más efectivos. Lo bueno es que en poco tiempo nos encontraremos en la misma situación y tendremos la oportunidad de practicar eso que hemos aprendido. Apasionante.

Y qué tal si nos mimamos en el camino. Darnos un poco de bálsamo o dárselo al de al lado cuando vemos que lo está intentando consuela y alienta a seguir. El caso es ir aprendiendo y mejorando poco a poco.  Y cuando triunfamos, premios, muchos premios que dicen que ayuda a generar comportamientos nuevos.

Para los intrépidos que se atreven a cambiar tengo unas palabras. Sois unos tipos grandes. Habéis tenido la humildad de miraros al espejo y ver que algo es mejorable. Habéis dejado la soberbia de lado al pensar que sois vosotros mismos los que necesitáis cambiar para que vuestro mundo mejore. Sois un ejemplo para otras personas que quizá no lo tengan tan claro. Habéis sacado de vuestro baúl un paquete lleno de perseverancia porque sabéis que la vais a necesitar. Y casi por encima de todo sois personas que cuentan con algo fundamental: toneladas de sentido del humor. Sois de esos que dicen no me creo que haya vuelto a tropezar con una carcajada que suena bien alto y sin complejos. Y con el mismo desparpajo y las mismas risas se dicen venga, va, mañana más y mejor.

Las personas sí cambian. Es cuestión de poner foco, ganas y esfuerzo, como casi todas las cosas que merecen la pena en la vida.

 Ana

Propósitos para el nuevo año

Un nuevo año comienza y para muchos de nosotros llega el momento de poner a cero los contadores y comenzar  de nuevo a rodar. Podemos mirar atrás al año que acabó y sopesar sus más y sus menos. Podemos sonreírnos y congratularnos si el balance fue bueno o lo percibimos bueno. Podemos por el contrario amargarnos y fustigarnos por los objetivos no conseguidos y por los momentos menos gratos, si lo que decidimos que nos toca esta vez es actuar de juez, adoptar el papel de culpable o de víctima en este juicio.

Independientemente de cómo miremos atrás, mi sugerencia es que el vistazo sea breve y el veredicto compasivo. No nos entretengamos en los detalles y pequeñeces de los acontecimientos vividos, tampoco nos centremos exclusivamente en  los resultados obtenidos. Pasemos un filtro de autocompasión y amor propio para extraer  también las intenciones, los esfuerzos, las ilusiones puestas y de ese modo quedarnos con un poso más dulce y sabroso del año que acaba.  Así, y solo así, bien nutridos podremos comenzar a proyectar, planificar, soñar y trabajar. Con el marcador a cero y sin cuentas pendientes con nosotros mismos podremos en definitiva vivir una nueva etapa.

Para mí son importantes los propósitos para el nuevo año. Confieso que los necesito porque me dirigen, me hacen de mapa cuando ando un poco perdida y descentrada. Sin embargo me he dado cuenta de que todos tienen algo en común que pone en valor cada uno de ellos independientemente de cómo sea su grado de cumplimiento. Es la integridad y la coherencia que pongo para alcanzar cada uno de ellos. Por eso este año, he decidido fijarme un único objetivo y encima doble: Integridad y Coherencia. ¡Toma ya!

Definición de persona íntegra: Persona educada leal, honesta, y responsable con control emocional y respeto por sí misma y por los demás. De comportamiento firme, pulcro e intachable en sus acciones.

Soy consciente de que es muy poco SMART (especifico, medible….) pero lo considero esencial para enriquecer la calidad de todos los demás objetivos y metas que me proponga y sobre todo me permitirá acabar el 2017 con un buen sabor de boca.

Mabú.

Una dosis de aceptación por Reyes

Quién me iba a decir que el post anterior iba a resultarme tan útil en tan poco tiempo.

Hoy empiezo lanzando tres hurras a los anuncios El Almendro. Y ya de paso a los toros Osborne. Y me quedo tan pancha. El primero, por dar el pistoletazo de salida a la Navidad.  El segundo, porque me alegran el camino cuando los veo tan orgullosos ahí plantados en medio de nuestros campos. Que me perdonen los creativos si solo recuerdo en este momento estos dos iconos nacionales.

Como estamos en Navidad, me centro en el primero. Abiertamente os digo que no ha habido ni una sola vez en mi vida que no haya derramado verdaderos lagrimones con El Almendro. Mira que tienen años estos anuncios. Se siguen superando. Qué barbaridad, qué manera de emocionarme. Pero no una vez, absolutamente todas. Pues bien, este año se ha cumplido lo del anuncio.  Uno de los míos volvía por Navidad. Así que la emoción se me salía por los poros. Pura alegría.

Pero… la alegría no duró mucho.

Me gustaría decir que algo se torció el segundo día. Pero ya no puedo decir que algo se torció. La que se torció fui yo. Porque las cosas en sí mismas no se tuercen. Nos torcemos nosotros o para ser más exactos todavía, ni se tuercen las cosas, ni nosotros. Lo único que se tuerce es la interpretación que hacemos de lo que nos ocurre. Esta idea no es mía, ni mucho menos. Ya me gustaría a mí. Parece que es de Epicteto. Vamos, de antes de ayer.

El caso es que pasó algo. Nada que reseñar, nada del otro mundo. Algo muy cotidiano que tiene que ver con palabras desafortunadas de un alma cercana, poco más. Lo malo es que aterrizó en terreno sensible. Andaba yo con el espíritu de la Navidad muy a flor de piel y no fui capaz de encajar sin más. En cambio, me dediqué a elaborar un cuento para no dormir que me duró un par de días. Venga a darle vueltas al tema. Oye, cuando se pone la cabeza a elaborar es implacable. Una auténtica montaña rusa. Dicho así parece un alien que habitó en mí. Como si se hubiera apoderado de mi cerebro. Sí, más o menos lo sentía así. Y yo con todas mis ganas intentando fumigar esos pensamientos. No había forma. Cuanto más quería que se evaporaran más intensamente aparecían. Y dale que dale vueltas al tema. Pero esto funciona así, les damos de comer y ellos venga a engordar. Lo más divertido es que las razones que nos damos son auténticos tratados de lógica. Podríamos defenderlos hasta la extenuación. Qué ingenuos. Con tal de no mirar dentro, hacemos lo que sea. El caso es que me estaban fastidiando los días tan esperados. Qué latazo.

Tanta teoría sobre lo que nos pasa y las mejores soluciones para salir de ahí y cuando llega el momento de la verdad, zas, no doy una. Ni pongo en práctica la teoría ni la práctica. Me faltaba el primer paso. Fundamental. No resistirse, aceptar. Lo que se dijo se dijo, lo que ocurrió, ocurrió. Punto. Así que hasta llegar ahí, he pasado un par de días de gloria!. Yo solita. Muy interesante. El enganche emocional tiene algo muy perverso… me pregunto qué placer oculto encontramos en seguir ahí… que alguien me lo explique, please, porque algún placer tenemos que encontrar cuando nos cuesta tanto salir.

Por eso digo que el post, que con tanto acierto escribió Mabú la semana pasada, me dio una clave.  Acepta, no te resistas. Y desde esa paz interior construye. Gracias socia.

Estoy muy de acuerdo. No podía seguir adelante disfrutando de la Navidad sin aceptar. En este caso aceptar que los otros también tienen sus días malos o sus momentos de desatino. Ya está. Tanta lata para tan pocas cosa, porque la mayoría de las veces, un porcentaje enorme de veces diría yo, nos enredamos en cosas muy nimias de las que hacemos un mundo. El reto es tener la humildad necesaria para reconocer que ni somos el ombligo del mundo, ni los demás nos hacen cosas terribles.  El reto es soltar lastre emocional, salir de nuestra pequeñez para conectar de verdad con el otro tal y como es, sin querer que sea como a mí me gustaría, o que dijera siempre la palabra justa. Porque recordemos que ese otro, mañana somos nosotros mismos.

Este año voy a pedir a los Reyes que me envuelvan una dosis importante de aceptación y me la pongan al pie del árbol, a ver si así, en lugar de dos días la próxima es media hora o medio minuto ;;)).

Ana

Unas Navidades irresistibles

C171214c8d456be2medon la llegada de las Navidades, sin darnos cuenta, nos vemos envueltos en un ambiente de luces y colores, de notas musicales y delicados detalles decorativos. De exquisiteces varias y dulces tentaciones que nos deleitan la vista y el paladar. ¿Quién se puede resistir a esas copiosas comidas y cenas en familia o entre amigos?

446274-1_ll

Es difícil no embriagarse de ese espíritu alegre y festivo, incluso, resulta imposible resistirse a esas frenéticas sesiones de compras compulsivas, que en el fondo, casi todos odiamos.

Y yo digo… ¿por qué ese empeño en resistirnos?. Estamos cansados de oír que la vida hay que tomarla como viene, con sus alegrías y sus tristezas, con su cal y con su arena. Hoy voy a proponeros la no-resistencia, la rendición a aquello que nos toca vivir. Pues aquello que parece insoportable e irresistible en un momento dado, aquello que no queremos o podemos aceptar por considerarlo injusto, dañino, abusivo o incluso inmoral, no puede cambiarse sin antes haberlo aceptado. Lo que quiero decir es que creo que nunca podríamos transformar una determinada situación de nuestra vida sin que antes nos hayamos rendido a ella y la hayamos permitido ser.

Aceptemos entonces que la vida es irresistible, y desde esa sensación de paz interior, de no resistencia, tendremos menos sufrimiento. Entonces podremos actuar con más conciencia y planificando acciones más certeras hacia el cambio.

Porque aceptación no significa resignación. Porque aceptación no significa inactividad. Porque la aceptación no es incompatible con tomar las acciones necesarias para cambiar una situación. La aceptación lo que nos trae es un sentimiento de sosiego y tranquilidad desde el cual puedo actuar.

thikrdcvivYa están aquí, ya llegaron las Navidades. Y desde hoy os invito a practicar la no-resistencia a lo irresistible que nos traen. Rindámonos a cada momento en familia, poniendo consciencia en el presente, en lo que hay, sin mirar al pasado ni al futuro, sin comparar, ni juzgar ni etiquetar. Rindámonos a las irresistibles y copiosas cenas y comidas navideñas, disfrutándolas con todos nuestros sentidos; ya nos pondremos a dieta por los excesos tras aceptar ese par de kilos que vamos a coger, si es que los cogemos. Dejemos sitio a la ilusión por los regalos que demos y recibamos con sincera generosidad y agradecimiento. Aceptemos también las ausencias, los comentarios, opiniones y gestos de los demás, respetando y sin reaccionar, simplemente respondiendo desde nuestra aceptación.

¡Vivamos este año unas Navidades irresistibles!

Mabú.

 

 

Mis amigos los tóxicos

No sé muy bien que me pasa con la expresión “hay que huir de las personas tóxicas”. Llevo un tiempo escuchándola y si bien al principio compré la idea con lazo incluido, ahora no lo tengo tan claro, algo me cruje por dentro.

Al oírla, mi primate visceral y espontáneo asiente con la cabeza y me dice claro, claro y cuanto más lejos huyas, mejor. Y casi al mismo tiempo el mismito primate me dice, hey para quieta, a dónde te crees que vas, por qué tanta prisa. Total, que menudo lío tengo. El caso es que he decidido darle una pensadita a ver a dónde llego.

Vamos por partes. Me voy a aliar primero con el que me susurra que ponga tierra de por medio. Es un tipo listo. Me da razones convincentes a modo diccionario….persona tóxica: dícese de aquella que adolece de vicios emocionales;  negatividad, exceso de queja, victimismo a espuertas, dramatización, manipulación, culpabilización y seguro que alguno más que no recuerda. O sea, la típica persona que deja mal cuerpo, que poquito a poco drena la energía hasta dejarla temblando. La que consigue que un día con nubes y claros se convierta en un día con nubarrones. Y es que la fuerza emocional con la que irrumpe es muy contagiosa.

Y ahora cambio de tercio y escucho a mi primate amable. Ese que me susurra algo muy distinto. Me dice ¿qué es eso de una persona tóxica? Menuda palabra más cruel para referirse a una persona. Así, así de literal. Y claro, se me queda el cuerpo petrificado, me revuelvo en la silla inquieta. Entonces empiezo a preguntarme qué hace que una persona se merezca tal calificativo. Y sin querer aterrizo en su entorno, en sus referentes. En esas personas que le enseñaron a caminar. Quizá eran parecidas. O tal vez ha acumulado experiencias difíciles en su vida que han logrado cambiar la mirada alegre de niño, por la dolida del adulto. O puede que busquen reconocimiento de los demás con ese personaje gris. ¡¡Yo qué sé!! Lo que sí tengo claro es que uno no va al súper de la esquina y decide comprar cuarto y mitad de toxicidad, así, para empezar bien el día. Y apuesto a que no tienen ni la menor idea de la estela que van dejando.

Por tanto qué hacer, ¿huir o permanecer? Como no se me ilumina ninguna bombilla decido tomar otro camino para ver que se cuece por mis adentros. Y lo que se cuece es digno de analizar. Por un lado veo que ante una persona tóxica mi cola de pavo real se despliega con todos sus colores y deja claro que yo, ni soy tóxica ni quiero tener nada que ver con esos pobres infelices. Y me retiro de la partida no vaya a ser que me inunden y me fastidien el día. Aha, ahí nos vemos las caras. Pensamiento y actitud un tantico egoístas. A ver si el tema va a tener que ver con cómo me encuentre yo emocionalmente. Si estoy a medio gas es muy posible que no solo me invadan y hasta me secuestren sino que además compre a precio de oro la toxicidad y  la reparta generosamente. Ahora, si estoy feliz, a mi no me contagia ni el Tato. Puede que el camino más efectivo tenga que ver con cuidar, alimentar y nutrir las emociones más positivas, las que nos hacen estar a tope y nos ayudan a contrarrestar las otras. Otra podría ser, además,  abrir los ojos propios y ajenos para darnos cuenta de dónde estamos y qué emociones vamos desparramando por ahí.

Llegando al final de mi reflexión sobre este tema me asalta una pregunta incómoda. ¿Y si yo misma he sido uno de ellos? ¡Socorro! no, no, no. Yo no. Pero la pregunta insiste y no me queda más remedio que contestar. Siendo honesta creo que la respuesta es sí. Seguro que he derramado cierta toxicidad en algún momento de mi vida. La reflexión sobre mí misma me hace pensar que igual los tóxicos no lo son sino que están pasando por una etapa tóxica, por decirlo de alguna manera, o simplemente la ejercitan en ciertas circunstancias. Animo a que cada cual se mire con un poco de espíritu crítico a ver qué descubre.

Ojalá los que tienen excedentes de emociones positivas influyeran en los que están bajo mínimos. Ojalá los que lo ven claro sean espejo de los que no lo ven ni de lejos. Ojalá seamos un poquito más comprensivos con los que están ahí en ese vicio tan dañino, sobre todo para ellos mismos. Ojalá seamos capaces de influir positivamente.

 Ana

Cerrado por vacaciones

Hay momentos en la vida en los que parece que no avanzas. En los que tienes la sensación de que pasan los días, los meses, incluso los años y ahí sigues. Metida en tu rutina, enganchada a tus hábitos, tus manías y tus situaciones cotidianas. Funcionando en modo piloto automático, con la mente vagando de aquí para allá y sin darnos cuenta realmente de donde la tenemos.5977139369_b973ecc7aa_z

Yo describo esa sensación como “Cerrado por Vacaciones”. Porque cuando vuelvo a tomar conciencia de mí misma, de mis proyectos, mis sueños, mis ilusiones y de toda esa realidad interior que subyace en mi día a día, me encuentro con la sensación de haber vuelto a casa después de unas largas vacaciones.

Siento la alegría de reconocerme en mi territorio, en el confort de mi hogar, en lo conocido y en lo menos explorado, en lo recién decorado y en esos rincones aún pendientes de reformar. La alegría de reencontrarme con mis tesoros y con mis porquerías. Regreso de un viaje a  “quién sabe dónde”, del cual recuerdo bien poco, supongo que por el hecho de que el que conducía era mi piloto automático.

Sin embargo, no puedo negar el sabor amargo que también me acompaña en esos momentos. Momentos en los que me invade una especie de angustia por no saber en qué he malgastado mi tiempo y mis energías, donde me ha llevado ese piloto automático y por qué motivo me he dejado llevar sin ofrecer resistencia alguna. Como cuando vuelves de vacaciones a la oficina y te preguntan qué tal y casi no aciertas a decir dónde has estado, ni qué has hecho porque ya ni te acuerdas.

boceto-alia-casaEn mi caminito de vida, aún no reconozco muy bien en qué momentos ni por qué decido colgar el cartel de “Cerrado por Vacaciones”, quizás es porque necesito descansar y dejar que pilote mi mente sola siguiendo las rutas a las que la tengo acostumbrada. Del mismo modo que tomamos vacaciones para desconectar. Pero lo que sí reconozco es esa amargura y desazón que me llevan a retirar ese cartel y volver a casa. A volver a reencontrarme con mi conciencia. Y reconocer ese momento es muy importante para mí, es un logro del que me siento orgullosa y que supongo, que con el tiempo, me ayudará a mitigar el dolor que me invade al tomar conciencia de que he estado ausente por un tiempo.

Hoy he asistido al  IV Maratón de Coaching de Las Rozas:

He escuchado una frase de Roberto Aguado que me ha hecho vibrar. «Como en casa en ningún sitio». Este gran experto en Inteligencia Emocional, hoy me ha empujado a hacer dos cosas importantes para mí. Por un lado, quitar mi cartel de “cerrado por vacaciones” (no os extrañéis si no sé deciros cuánto tiempo llevaba puesto), y por otro compartir este post con vosotros.

Gracias Roberto por tu frase: “Como en casa en ningún sitio”. Tan simple como cierta y llena de sentido. Hoy vuelvo a CASA, vuelvo para estar en Curiosidad,  vuelvo para estar en Alegría, vuelvo para estar Segura de mí misma y vuelvo a casa para Admirar la vida y aprender de ella. Hoy Roberto Aguado, he aprendido de ti.

Mabú.

 

Prayer of the Mothers

Abrir o no los innumerables vídeos, canciones, chistes, artículos… que me llegan al móvil es una decisión de mili-décimas de segundo, que coloca la cuenta de minutos de la que dispongo al día, peligrosamente en números rojos, o no, dependiendo de lo que sea capaz de hacer con ellos. Me resulta muy difícil decir que no a un vídeo prometedor, lo reconozco, pero poco a poco voy ganando la batalla a mi insaciable curiosidad y logro no abrir alguno de ellos, quizá pocos todavía. Pero ahí voy. Un día igual me decido a contabilizar el tiempo que dedico a este pasatiempo que me resulta bastante costoso a veces. Sobre todo cuando lo que me encuentro es una soberana memez y me doy cuenta de que una vez más he perdido la concentración en lo que sea que estuviera haciendo. Miedito me da descubrir la cuenta de resultados. En fin, reportaré por el bien común ;;)).

Ah! Pero no siempre es así. A veces me encuentro con algo que me remueve por dentro, me llena de esperanza, me ayuda a conocer una parte del planeta totalmente desconocida para mí o me presenta a personas increíbles con historias todavía más increíbles. Y ahí es cuando se tambalean mis ganas de contabilizar. Supongo que es cuestión de encontrar el sano equilibrio, como casi todo en la vida. Ahora, encontrar ese equilibrio es lo que me parece un arte. Por cierto, ayer conocí a una persona que, como de pasada, comentaba que por defecto tiene su móvil en silencio, no abre lo que le llega más que a una hora determinada del día o cuando le parece oportuno. Y no tiene precisamente un trabajo ligerito, ni pocas responsabilidades. Pero lo mejor es que ni se despeina, se queda tan pancha y lo cuenta como si tal cosa. Ole que ole.

Hoy es uno de esos días en los que me esperaba un vídeo que sí ha merecido mi tiempo. Prayers of the Mothers, Oración de las Madres.

http://www.youtube.com/watch?v=YyFM-pWdqrY.

Un vídeo en el que una marea de mujeres musulmanas y hebreas caminan juntas por la paz. Es el vídeo oficial del movimiento Women Wage Peace. Creo que se le ha dado entre poca y ninguna publicidad, una pena. Yael Deckelbaum pone la música junto a otras mujeres que sueñan y luchan por una paz tantos años anhelada. Este vídeo me ha parecido un canto al sentido común y a la esperanza. No me cabe duda de que muchos hombres han dado el do de pecho, para poner sensatez a este conflicto que dura ya tanto y encontrar alguna solución. Lo penoso es que no hay forma de que por fin oigamos buenas noticias. Alguna vez han estado a punto de dar por terminado tanto sufrimiento y unos y otros salen con la eterna necesidad de tener bajo su tutela tal o cuál parte del territorio, tal o cuál parte sacrosanta e irrenunciable. Me pregunto si serían de verdad capaces de argumentar con la conciencia bien tranquila que tanta muerte y destrucción se sustenta en una verdad con mayúsculas.  En mi opinión, las razones se pierden en la noche de los tiempos y más bien son las razones de la soberbia y el odio las que brillan por doquier. Sin embargo, una luz de esperanza parece que sí empieza a brillar. Algunos pensarán que es una luz diminuta en medio de tanta oscuridad. Da igual. Miles de mujeres caminando sobre la  tierra de sus antepasados con la convicción que llega a gritos desde sus corazones. Con la convicción de que ellas tienen mucho que aportar. Con la convicción de que es posible vivir en paz todos juntos, sus hijos y los que vendrán. Esa certeza es la que les mueve, con la que se han unido y con la que trabajan por conseguir su sueño.

Hoy me uno a ellas desde las razones de un corazón que sabe fundamentalmente de entrega y amor. El corazón de una madre. Y desde ahí, me uno a ellas en su oración.

Ana

 

He decidido mediar

Cuando me encuentro ante la toma de una decisión, a menudo me viene a la cabeza esa imagen tantas veces recreada en películas o dibujos animados en la que una parte de mí misma, sensata y responsable, a la que no sé bien por qué tiendo a colocar una corona de ángel y alitas, dialoga en tono bastante subidito, por cierto, con otra parte de mí más espontánea, alegre, irascible o maliciosa Resultado de imagen de angel y diablillo dibujossegún la situación, a la que imagino vestida de rojo y con unos pequeños cuernos de diablesa.

Y yo me pregunto…  ¿por qué lo racional y sensato tradicionalmente se asocia al bien y aquello más emocional, que tiene que ver con los sentidos y con lo placentero se asocia con el mal?

Tradicionalmente ha sido así y por consiguiente, en caso de conflicto, la razón debía imponerse siempre a la emoción. Sin embargo, ¿es necesario que  la emoción y la razón se líen a puñetazos dejándonos agotados y chupando nuestra energía en un diálogo absurdo y a menudo “de besugos”? ¿No podríamos mediar entre ellas para lograr un entendimiento? ¿No podríamos negociar y que, en lugar de ganar la partida uno de los dos contrincantes, llegáramos a un empate?

Por ejemplo, siguiendo el legado de Platón, podríamos educar enseñando a desear lo deseable. Es decir, ¿y si conseguimos que aquello que deseamos, nos gusta y nos apetece, aquello que nos hace vibrar y nos ilusiona resultara ser la opción más sensata, correcta y racional?  Seguro que nos pondríamos manos a la obra con total convicción y sin perder ni un minuto. Seríamos más eficaces y resolutivos y obtendríamos los mejores resultados. Estaríamos haciendo trabajar razón y emoción en la misma dirección.

260576-13011qp22027Pues bien,  yo me he propuesto mediar. Mediar entreResultado de imagen de mujer de negro dibujos mis dos monigotes vestidos de ángel y diablillo y hacer que se entiendan en ese que es mi diálogo interior. He decidido poner mis emociones al servicio de mis objetivos, de mi razón. Y por eso, ahora, he incluido a otro personaje más en mi conversación; lo llamo “Conciencia” y lo imagino vestido de negro y con un silbato. Sí, es un árbitro que escucha y da espacio a todas y cada una de mis emociones. Un árbitro concienzudo que atiende a razones, mide consecuencias y valora mis objetivos. Un árbitro emocionalmente inteligente al que acudo cada vez más a menudo y al que presto una atención consciente, pues es el que logra un entendimiento pacífico entre mis razones y mis emociones y consigue que logre una gestión más auténtica y eficaz de mí misma.

Mabú.

¿Hablamos?

Por alguna razón ha venido a mi memoria una conversación que tuve con una compañera de trabajo hace un montón de años. Teníamos una relación… digamos que tensa… sí, vamos a decir tensa para ser fina.  Como detalle aclaratorio me atrevo a confesar que sentía vivamente cómo se me retorcía el colmillo al pensar que me tenía que reunir con ella, las pulsaciones se aceleraban y los pensamientos se disparaban en un torbellino de monadas, una detrás de otra, todas en fila india. En fin, un panorama curiosito que el transcurrir de los días no conseguía suavizar, más bien lo contrario. Aún recuerdo alguna de las emociones que pululaba por mis venas… feas a más no poder.  ¡Qué triste! Lo más triste es que todo empezaba y terminaba en mí. El mundo por un lado, yo por el mío. Con mi rabia y mis líos mentales iba y venía al trabajo con la mochilita cargada con lo que yo misma había fabricado, un montón de sandeces y niñerías varias.

Hasta que llegó el día de no-puedo-más. Ese día fue el gran día, como todos los grandes días en los que mi silenciosa conciencia se cuela por una rendija y de forma pausada pero impenitente me susurra al oído alguna verdad que no quiero oír. Me dejó ver la locura de mi mente y  el despropósito de mis comportamientos. Fui tomando consciencia de lo que habitaba en mí y no en ella, en la situación, en el trabajo, en qué se yo. Empecé a cuestionarme si tal vez, solo tal vez, era yo la causa de mi paupérrimo estado emocional. En aquél momento no lo tuve demasiado claro, lo que tenía era un batiburrillo caótico que me asolaba y me arrastraba sin control, pero lo que tuve bien clarito fue que así no podía seguir.

Y tomé una decisión, esto hay que solucionarlo cómo sea. El cómo sea era lo más difícil. La única opción que vi fue mantener una conversación lo más  civilizada posible. Qué sabía yo entonces  de conversaciones  de calidad capaces de restaurar hasta lo más perdidito. No tenía ni idea. Pero lo que sí tenía era determinación y ganas. Ganas de dejar de oír mis propias quejas. Y muchas ganas de dejar de pasarlo mal. Así de sencillo. Con esas armas y poquito más reservé sala y allá que me lancé. Mentiría como una bellaca si dijera que fue una decisión de hoy para mañana. Me costó lo mío. Iba y venía con mi decisión poniendo sobre la mesa todo tipo de excusas para no lanzarme, agazapada muerta de miedo a ratos, altiva en las alturas llenita de orgullo otros. El día llegó y allí me veo yo sentada frente a ella. Sin saber bien cómo, fui abriendo las compuertas de mis pensamientos y mis emociones y desgranando lo que deambulaba libremente por ellas. Con respeto absoluto y mayor asombro ella escuchaba y asentía. No tenía ni la menor idea de lo que se cocía en mis fogones. Pues si ella estaba perpleja, yo lo estaba aún más viendo su cara de qué me estás contando. Cómo era posible que ella viviera ajena a todo mi malestar. Pues sí. Llovieron las aclaraciones, los puntos de vista, los perdones. Fue un punto y aparte. Hoy somos buenas amigas.

Y es que esto pasa y pasa con mucha frecuencia. Vivimos situaciones complicadas que nos hacen infelices, muy a menudo en el entorno laboral, familiar o incluso entre amigos. Fabricamos historias, cuentos para no dormir sobre los demás y nosotros mismos. Ah pero ignoramos que de la mano de nuestras historias, bien pegaditas, conviven las emociones. Si lo que nos contamos tiene que ver con lo mal que me cae aquél o aquella, si tiene que ver con las cuatro palabritas que le diría, si tiene que ver con que en algún momento se hará justicia, si tiene que ver con que… entonces las emociones que vamos a vivir van a tener mucho que ver con la rabia, el miedo, la tristeza y en torno a ellas las miles de posibles sutiles variantes. Lo más espeluznante es que somos muy capaces de seguir  enganchados a ese tipo de situaciones for ever and ever. La mayoría de las veces ni siquiera somos conscientes, nos creemos a pies juntillas lo que nos contamos. Que si éste me ha hecho, que si aquél me ha dicho o dejado de decir, que si fíjate cómo me ha mirado, que si hoy sí que sí se la cosa ha pasado de castaño oscuro, que si… Y en la tarea de fabricar no se nos ocurre cuestionarnos, preguntarnos si acaso el otro también siente y padece, si es posible que haya razones que nuestra ceguera nos impida ver, si quizás otros puntos de vista se escondan detrás de las cortinas de su también complejo mundo interior.

Hablar de absolutos me parece una necedad, no siempre se arreglan las situaciones con una  conversación. Sin embargo, creo firmemente que una conversación diseñada con mimo resuelve muchas relaciones enquistadas, muchas más de las que nos podemos imaginar, y no solo resuelve sino que ayuda a construir relaciones de calidad.

Diseñar con mimo implica en primer lugar, abrir unas cuantas puertas y descubrir qué hay detrás. Llegar a la habitación de nuestros pensamientos y leer lo que aparece escrito en sus paredes. Entrar en el desván y ser espectadores de lo hacemos, no hacemos y fundamentalmente de qué modo. Bajar a los cimientos y encontrarnos con nuestras creencias y valores más profundos. Afinar el olfato para poder percibir qué emociones van y vienen por ese lugar. El caminito no es precisamente fácil,  no, no lo es. Sobre todo porque el ego ocupa mucho lugar y la humildad y la comprensión poco. Porque la fuerza de la costumbre nos mete en el cauce ya recorrido mil veces y no vemos otros senderos por los que transitar. Como digo, el camino no es fácil, pero merece la pena recorrerlo.

Y en segundo lugar, diseñar con mimo implica tener muy claro qué queremos lograr, qué tipo de relación queremos construir, qué vamos a decir y qué no. Los detalles del encuentro… no es lo mismo hablar entre ruido, con interrupciones y con el móvil encendido, que en un lugar tranquilo y de paso acogedor acompañados de un café de los ricos. No es lo mismo disponer de diez escuálidos minutos que disfrutar del tiempo a nuestras anchas. Implica, además,  elegir un determinado tipo de emociones y un modo de estar. No todo vale. No valen los reproches, ni las listas de agravios, ni las exigencias. Valen las palabras dichas desde un corazón en paz, desde la aceptación de uno mismo y el otro.

Y así, construiremos relaciones de calidad.

A veces es cuestión de llenarnos de coraje y pronunciar algo tan sencillo como un ¿hablamos?

Ana