Una dosis de aceptación por Reyes

Quién me iba a decir que el post anterior iba a resultarme tan útil en tan poco tiempo.

Hoy empiezo lanzando tres hurras a los anuncios El Almendro. Y ya de paso a los toros Osborne. Y me quedo tan pancha. El primero, por dar el pistoletazo de salida a la Navidad.  El segundo, porque me alegran el camino cuando los veo tan orgullosos ahí plantados en medio de nuestros campos. Que me perdonen los creativos si solo recuerdo en este momento estos dos iconos nacionales.

Como estamos en Navidad, me centro en el primero. Abiertamente os digo que no ha habido ni una sola vez en mi vida que no haya derramado verdaderos lagrimones con El Almendro. Mira que tienen años estos anuncios. Se siguen superando. Qué barbaridad, qué manera de emocionarme. Pero no una vez, absolutamente todas. Pues bien, este año se ha cumplido lo del anuncio.  Uno de los míos volvía por Navidad. Así que la emoción se me salía por los poros. Pura alegría.

Pero… la alegría no duró mucho.

Me gustaría decir que algo se torció el segundo día. Pero ya no puedo decir que algo se torció. La que se torció fui yo. Porque las cosas en sí mismas no se tuercen. Nos torcemos nosotros o para ser más exactos todavía, ni se tuercen las cosas, ni nosotros. Lo único que se tuerce es la interpretación que hacemos de lo que nos ocurre. Esta idea no es mía, ni mucho menos. Ya me gustaría a mí. Parece que es de Epicteto. Vamos, de antes de ayer.

El caso es que pasó algo. Nada que reseñar, nada del otro mundo. Algo muy cotidiano que tiene que ver con palabras desafortunadas de un alma cercana, poco más. Lo malo es que aterrizó en terreno sensible. Andaba yo con el espíritu de la Navidad muy a flor de piel y no fui capaz de encajar sin más. En cambio, me dediqué a elaborar un cuento para no dormir que me duró un par de días. Venga a darle vueltas al tema. Oye, cuando se pone la cabeza a elaborar es implacable. Una auténtica montaña rusa. Dicho así parece un alien que habitó en mí. Como si se hubiera apoderado de mi cerebro. Sí, más o menos lo sentía así. Y yo con todas mis ganas intentando fumigar esos pensamientos. No había forma. Cuanto más quería que se evaporaran más intensamente aparecían. Y dale que dale vueltas al tema. Pero esto funciona así, les damos de comer y ellos venga a engordar. Lo más divertido es que las razones que nos damos son auténticos tratados de lógica. Podríamos defenderlos hasta la extenuación. Qué ingenuos. Con tal de no mirar dentro, hacemos lo que sea. El caso es que me estaban fastidiando los días tan esperados. Qué latazo.

Tanta teoría sobre lo que nos pasa y las mejores soluciones para salir de ahí y cuando llega el momento de la verdad, zas, no doy una. Ni pongo en práctica la teoría ni la práctica. Me faltaba el primer paso. Fundamental. No resistirse, aceptar. Lo que se dijo se dijo, lo que ocurrió, ocurrió. Punto. Así que hasta llegar ahí, he pasado un par de días de gloria!. Yo solita. Muy interesante. El enganche emocional tiene algo muy perverso… me pregunto qué placer oculto encontramos en seguir ahí… que alguien me lo explique, please, porque algún placer tenemos que encontrar cuando nos cuesta tanto salir.

Por eso digo que el post, que con tanto acierto escribió Mabú la semana pasada, me dio una clave.  Acepta, no te resistas. Y desde esa paz interior construye. Gracias socia.

Estoy muy de acuerdo. No podía seguir adelante disfrutando de la Navidad sin aceptar. En este caso aceptar que los otros también tienen sus días malos o sus momentos de desatino. Ya está. Tanta lata para tan pocas cosa, porque la mayoría de las veces, un porcentaje enorme de veces diría yo, nos enredamos en cosas muy nimias de las que hacemos un mundo. El reto es tener la humildad necesaria para reconocer que ni somos el ombligo del mundo, ni los demás nos hacen cosas terribles.  El reto es soltar lastre emocional, salir de nuestra pequeñez para conectar de verdad con el otro tal y como es, sin querer que sea como a mí me gustaría, o que dijera siempre la palabra justa. Porque recordemos que ese otro, mañana somos nosotros mismos.

Este año voy a pedir a los Reyes que me envuelvan una dosis importante de aceptación y me la pongan al pie del árbol, a ver si así, en lugar de dos días la próxima es media hora o medio minuto ;;)).

Ana