Héroes del Silencio

El post de hoy podría tratar del mítico grupo de rock español famoso en los ochenta y que tanto llenó nuestros silencios adolescentes. Sin embargo, me voy a permitir usar el nombre del grupo para reflexionar precisamente sobre el significado y valor que últimamente estoy descubriendo en este escaso pero cada vez más necesario silencio.

silencioCuando decidí comprarme el libro “Silencio” del maestro budista Thich Nhat Hanh, no andaba yo precisamente falta del tan preciado silencio, o al menos eso creía. Volvía de unos días de vacaciones tranquilas y  había descansado, desconectado, leído y reflexionado. Incluso había meditado regularmente y, claro, sentía que algo de ese silencio habitaba en mí ¡Qué ilusa!

Al leerlo, enseguida me di cuenta de que el silencio auténtico, ese silencio interior, ese denominado por el autor “noble silencio” es digno de verdaderos héroes. Primero por lo difícil que resulta acallar los ruidos externos que nos bombardean constantemente, y segundo porque parece como si nos diera miedo estar en silencio. Sin darnos cuenta tratamos de llenarlo, ponemos la televisión o la radio al llegar a casa, vamos con cascos por la calle, trabajamos con hilo musical… Y cuando conseguimos apagar esos ruidos de fuera, resulta que encendemos la radio del pensar sin parar. Rumiamos lo que nos ocurrió con nuestro jefe ayer, pensamos en la lista de la compra o en lo que le voy a contar a mi amiga. Sigue leyendo

Las palabras y su magia

Creo que es la fascinación por las personas la que me ha convertido en una cotilla impenitente y  la que me azuza a conocer a cuantas más mejor y si son muy distintas a mí, mejor si cabe. Si no puede ser en vivo y en directo, opción número uno en la parrilla de opciones, tengo a mi disposición una jartá de medios. Tantos libros, documentales o sitios en la web como para vivir mil vidas más, sin olvidarme de los grandes balcones de nuestra tierra, opción barata y divertida por excelencia. Me refiero a las terracitas con su cerveza bien fría y pincho-que-no-falte, si es usted tan amable. Las concurridas playas en las que nuestros guiris y algún que otro nacional se torran en su ansia por acaparar sol. Y cómo no, las inconfundibles sillitas de enea que los ancianos de los pueblos colocan de forma estratégica a la orilla de sus casas, para pillar sombra y buenas vibraciones. Ellos sí que saben de feng shui. Todas ellas se convierten en estupendos patios de butacas desde los que observar al personal. Observar sus caras, sus risas si tenemos suerte, su mala baba si tenemos menos, o lo que sea que nos quieran ofrecer. Casi todo observable, si uno está dispuesto a tomarse el tiempo o es lo suficientemente cotilla, como yo.

Y entre los medios que tengo a mi alcance hay uno que me resulta bastante práctico, Sigue leyendo

Personas tesoro

Hoy me apetece mucho hablar de esas personas a las que acudimos cuando algo nos tiene la mente y el corazón encogidos. Cuando la preocupación es tan grande que ocupa casi todo el espacio del pensamiento y deja cerrada la puerta sin permitir que entre apenas nada. Y no solo la mente nos invade con su dale-que-te-pego  sino que además nuestro sentir lo notamos en un cuerpo a veces agitado y tenso, otras lastimero, sin fuerzas, otras… con una sensación general de angustia que nos priva de paz. Y esa paz es justamente lo que necesitamos para afrontar lo que nos ocupa. 

mujer-preocupada

Para encontrar esa paz que anhelamos disponemos de nuestro maletín de la alegría personal al que podemos acudir para buscar las herramientas que nos ayuden a salir del estado emocional en el que hemos decidido no continuar. Se trata de todo aquello a lo que hemos ido recurriendo en nuestra vida para Sigue leyendo

Ladrones de tiempo

Vivimos en la era de las comunicaciones, disfrutamos de todas las tecnologías habidas y por haber. Podemos hablar con un familiar, colega o amigo que vive en el otro extremo del globo mientras conducimos al trabajo, usamos nuestro portátil mientras volamos en un avión, consultamos la actualidad cuando nos ejercitamos en el gym e incluso podemos enviar las fotos del finde a un grupo de amigos mientras vamos en el autobús. Es más, ya ni esperamos el autobús pues bajamos a la parada cuando nuestra aplicación del móvil nos dice que quedan tres minutos para que pase. ¡Es fantástico!

El tiempo es sin duda el recurso más preciado en nuestros días, y por ello ahorrarreloj-cansado tiempo se ha convertido en el objetivo de todos los avances tecnológicos. Y si la tendencia es ir en esa dirección, ¿cómo es que tenemos la sensación angustiosa de que no nos da la vida?: “Uy, no puedo estoy muy liado”, “Si tuviera más tiempo me apuntaría a esto y a lo otro”, “Últimamente no leo nada, me falta tiempo”…

¿Dónde está ese tiempo que antes empleábamos en llamar a nuestros amigos para saber de ellos o por sus cumpleaños? O ese tiempo que usábamos para leer los periódicos y revistas o ver los telediarios, o para ir a la biblioteca a consultar un libro, o para hacer cola ante un organismo oficial… Si el tiempo es oro debe haber alguien que se está haciendo rico rapiñando el que ahorramos unos y otros gracias al progreso y que no invertimos en mejorar las relaciones familiares, en cultivar las amistades, en pensar y leer para culturizarnos y aprender. En definitiva ese tiempo que no usamos para crecer como personas, hacer lo que nos gusta y llevar una vida más plena y feliz.los-ladrones-del-tiempo-a1t31

Ladrones de tiempo, me gusta esta expresión, pero… ¿los tenemos identificados? Supongo que cada uno tenemos los nuestros, pero… ¿Me he parado a ver cuáles son mis ladrones de tiempo? ¡Ah! claro, es que no tengo tiempo para pararme a observar y pensar en qué se me va el tiempo, es que, últimamente no me da la vida.

Y digo yo, ¿qué tal si, en un acto loco de generosidad, empezamos por regalamos unos cuantos minutos diarios de esos que ahorramos gracias a internet, por ejemplo, para pensar y reflexionar? Para ver cómo distribuimos nuestro tiempo. Y… ¿qué tal si convertimos este regalo en un hábito en nuestras rutinas?, ¿qué tal si poco a poco vamos invirtiendo esos ahorrillos de tiempo en lecturas, compromisos, personas, proyectos y en definitiva tiempo que nos nutra como personas?

reloj-pngAhí lo dejo, no quiero robaros más de vuestro valioso tiempo, ¡faltaría más!, simplemente os animo a probar, libremente, cada uno cómo, cuándo y donde quiera. Estoy casi segura de que algún cambio en nuestra calidad de vida notaremos y puede que hasta logremos mantener a raya a algún ladrón de tiempo.

                                                            Mabú.

 

 

Las personas sí cambian

No sabría decir cuántas veces he oído en mi vida la expresión la gente no cambia. Muchas, eso seguro. En general tengo la sensación de que es como un mantra que se repite una y otra vez como parte de la sabiduría popular.  Y no solo la oímos sino que se corrobora cuando nos encontramos con alguien que hace tiempo que no vemos y sentenciamos no ha cambiado, está como siempre. Y se vuelve a confirmar cuando vemos en los demás o en nosotros mismos que los comportamientos se repiten una y otra vez al son de los mismos tambores. Y tanto corroborar terminamos impregnando nuestras células de esta idea y la vamos soltando por ahí a diestro y siniestro contribuyendo a que la idea se perpetúe. Claro, así no hay quien se plantee cambiar nada.

Reconozco que es difícil rebatirla porque los elementos están muy en contra, pero voy a exponer aquí algunas ideas a ver si alguien se anima a cuestionarla.

Antes de empezar a desgranar mi opinión sobre este tema tengamos presente que la gente somos todos. Lo aclaro porque esta frasecita tan estupenda parece que habla de los demás como de esos pobres de ahí fuera que ¡oye, es que no cambian! No amigos, esta frase nos incumbe a todos. Si yo pienso que la gente no cambia, obviamente estoy pensando que yo tampoco puedo cambiar. ¿Y dónde me deja eso? Posiblemente en la inmovilidad y en el típico si es que yo soy así. Buf, que hartura oír esa cantinela.

Analicemos qué ocurre cuando tenemos esta idea, desde distintas perspectivas.

Y para que sea más fácil, elijamos un ejemplo de nuestra vida en la que desearíamos que una persona o incluso yo, cambiara algún aspecto. En esa situación nuestra mente buscará como un sabueso todas las evidencias que demuestren que esa idea es correcta, nos las traerá en bandeja y le daremos su premio. Buen chico, se llevará una palmadita y se irá moviendo el rabo tan contento. Se ha cumplido el proceso. Le pedimos que traiga pruebas que sostengan mi idea de que la gente no cambia y él, muy diligente, hace su trabajo.

En otro plano veamos qué ocurre con nuestras emociones en ese mismo ejemplo. Cada uno tendrá las suyas. Particularmente mis emociones son todo un poema y pueden variar entre tristeza y miedo y en muchas ocasiones, rabia. O una mezcolanza de ellas.  En cualquier caso son emociones que me llevan a sentir una desesperanza que se aviva con la ayuda de pensamientos en torno a la misma idea; si ya lo decía mi madre, por mucho que queramos la gente no cambia, fulanito va a ser así hasta que se muera el pobre… para dar vueltas de tuerca y meternos en el fango mental, somos unos especialistas.

Estos pensamientos y emociones nos dejarán anclados en un tipo de acciones. Difícilmente podremos hacer las cosas de un modo distinto si nuestras células nos están gritando que no podemos cambiar. Así, será difícil que ni siquiera nos plateemos el cambio. Y si nos lo planteamos  es fácil que abandonemos al primer escollo, total, quién ha dicho que las personas sí pueden cambiar.

A mí me da que en todo este asunto hay un poco de yo te salvo, tú me salvas. A ver si me explico. Si yo creo que tú no puedes cambiar porque eres así, habrá que apechugar contigo. Aunque claro siempre hay otras opciones como mandarte al cuerno, por ejemplo. Y de alguna manera implica que a mí también me vas a salvar. Tendrás que apechugar con mis cositas. O mandarme a dónde te parezca oportuno. Porque total, no podemos cambiar. Sin embargo, yo defiendo que esto no es necesariamente así, que podemos cambiar y que desde luego merece la pena el esfuerzo que hagamos, no solo con respecto a nosotros mismos, sino con respecto a los demás. Pensar que estamos aquí para ser cada día mejores personas ayuda a sostener esta premisa. No se trata pues, de salvarnos unos a otros o de mandarnos lejos, sino de remangarnos y trabajar.

En este momento de la reflexión alguien me podría preguntar. ¿Y por qué razón tendría yo que cambiar nada? Pregunta interesante. Efectivamente, no se trata de cambiar por cambiar, se trata de ver qué no funciona del todo como a ti te gustaría y plantearte si acaso hay algún aspecto de ti que puedes cambiar para que eso funcione mejor. O tal vez estás tratando de lograr algo que otra persona sí logra y es necesario que cambies algo para alcanzar ese objetivo. O quizá la necesidad de cambio no te llega por una reflexión personal sino que hay algún alma caritativa que te muestra una situación que podrías mejorar. Bendita sea. Sea como sea, creo que el primer paso es darnos cuenta de qué es eso que necesitamos cambiar para mejorar nuestra vida. Y de la mano de esa toma de conciencia, la convicción de que sí es posible el cambio.

Para ayudar un poco, imaginemos que nos inoculamos la idea de que las personas sí cambian y dejamos que se extienda. ¿Qué ocurriría en este caso? Algo muy distinto. El sabueso buscaría cualquier muestra de cambio por pequeño que fuera y se lo traería orgulloso. Nuestras emociones estarían más cerca de la alegría. Sentiríamos esperanza y confianza. Este nuevo estado mental y emocional nos permitiría actuar de un modo distinto. Si estamos convencidos de que otra persona puede cambiar un comportamiento, todo nuestro ser se podría poner a su servicio. Nuestro lenguaje, emociones y acciones le acompañarían en el camino. Y lo mismo ocurriría si se trata de cambiar algo de nosotros mismos.

cambioSi alguien se encuentra en la maravillosa situación de querer cambiar algo y además cree que puede, le pediría que tuviera en cuenta una cosilla nada despreciable. Llevas pensando-sintiendo-haciendo lo mismo durante ¿cuántos años, 20, 30, 40, 50 o incluso más? Estupendo, pues enhorabuena por darte cuenta y enhorabuena por querer cambiar. Nunca es tarde. Eso en sí mismo es un triunfo.  Piensa que tantos años tienen un pequeño coste y es que la fuerza de la costumbre hace que nuestras reacciones sean muy automáticas y cuando queremos cambiar algo esa fuerza sea como un mamut, difícil de parar. Tener esto en cuenta es fundamental para no desanimarte…es que mira que lo intento y no hay forma, sigo haciendo lo mismo… no querido amigo, no. Error. Te va a ocurrir, así que más vale que estés preparado, lo entiendas y lo aceptes. Y claro que te va a costar. Esto no es gratis. Manejar ese mamut requiere esfuerzo.  La cuestión es si estás dispuesto a levantarte cuantas veces sea necesario.

El proceso de cambio conviene hacerlo al trantán. No sirve de mucho querer correr. Correr cuando hemos visto el tamaño del mamut y su tendencia a ir por libre, hasta que consigamos domarle, es de poco listos, por no decir de tontos.  No nos sorprendamos si un día alcanzamos una cima y al día siguiente nos estrellamos contra ella cuán largos somos. La desesperación, el juicio feroz y el látigo vamos a ver si los dejamos bajo llave, no vayamos a sentir la tentación de usarlos. En su lugar usemos otras habilidades mucho más útiles. Observación, análisis y aprendizaje. Mucho más efectivos. Lo bueno es que en poco tiempo nos encontraremos en la misma situación y tendremos la oportunidad de practicar eso que hemos aprendido. Apasionante.

Y qué tal si nos mimamos en el camino. Darnos un poco de bálsamo o dárselo al de al lado cuando vemos que lo está intentando consuela y alienta a seguir. El caso es ir aprendiendo y mejorando poco a poco.  Y cuando triunfamos, premios, muchos premios que dicen que ayuda a generar comportamientos nuevos.

Para los intrépidos que se atreven a cambiar tengo unas palabras. Sois unos tipos grandes. Habéis tenido la humildad de miraros al espejo y ver que algo es mejorable. Habéis dejado la soberbia de lado al pensar que sois vosotros mismos los que necesitáis cambiar para que vuestro mundo mejore. Sois un ejemplo para otras personas que quizá no lo tengan tan claro. Habéis sacado de vuestro baúl un paquete lleno de perseverancia porque sabéis que la vais a necesitar. Y casi por encima de todo sois personas que cuentan con algo fundamental: toneladas de sentido del humor. Sois de esos que dicen no me creo que haya vuelto a tropezar con una carcajada que suena bien alto y sin complejos. Y con el mismo desparpajo y las mismas risas se dicen venga, va, mañana más y mejor.

Las personas sí cambian. Es cuestión de poner foco, ganas y esfuerzo, como casi todas las cosas que merecen la pena en la vida.

 Ana

Propósitos para el nuevo año

Un nuevo año comienza y para muchos de nosotros llega el momento de poner a cero los contadores y comenzar  de nuevo a rodar. Podemos mirar atrás al año que acabó y sopesar sus más y sus menos. Podemos sonreírnos y congratularnos si el balance fue bueno o lo percibimos bueno. Podemos por el contrario amargarnos y fustigarnos por los objetivos no conseguidos y por los momentos menos gratos, si lo que decidimos que nos toca esta vez es actuar de juez, adoptar el papel de culpable o de víctima en este juicio.

Independientemente de cómo miremos atrás, mi sugerencia es que el vistazo sea breve y el veredicto compasivo. No nos entretengamos en los detalles y pequeñeces de los acontecimientos vividos, tampoco nos centremos exclusivamente en  los resultados obtenidos. Pasemos un filtro de autocompasión y amor propio para extraer  también las intenciones, los esfuerzos, las ilusiones puestas y de ese modo quedarnos con un poso más dulce y sabroso del año que acaba.  Así, y solo así, bien nutridos podremos comenzar a proyectar, planificar, soñar y trabajar. Con el marcador a cero y sin cuentas pendientes con nosotros mismos podremos en definitiva vivir una nueva etapa.

Para mí son importantes los propósitos para el nuevo año. Confieso que los necesito porque me dirigen, me hacen de mapa cuando ando un poco perdida y descentrada. Sin embargo me he dado cuenta de que todos tienen algo en común que pone en valor cada uno de ellos independientemente de cómo sea su grado de cumplimiento. Es la integridad y la coherencia que pongo para alcanzar cada uno de ellos. Por eso este año, he decidido fijarme un único objetivo y encima doble: Integridad y Coherencia. ¡Toma ya!

Definición de persona íntegra: Persona educada leal, honesta, y responsable con control emocional y respeto por sí misma y por los demás. De comportamiento firme, pulcro e intachable en sus acciones.

Soy consciente de que es muy poco SMART (especifico, medible….) pero lo considero esencial para enriquecer la calidad de todos los demás objetivos y metas que me proponga y sobre todo me permitirá acabar el 2017 con un buen sabor de boca.

Mabú.

Una dosis de aceptación por Reyes

Quién me iba a decir que el post anterior iba a resultarme tan útil en tan poco tiempo.

Hoy empiezo lanzando tres hurras a los anuncios El Almendro. Y ya de paso a los toros Osborne. Y me quedo tan pancha. El primero, por dar el pistoletazo de salida a la Navidad.  El segundo, porque me alegran el camino cuando los veo tan orgullosos ahí plantados en medio de nuestros campos. Que me perdonen los creativos si solo recuerdo en este momento estos dos iconos nacionales.

Como estamos en Navidad, me centro en el primero. Abiertamente os digo que no ha habido ni una sola vez en mi vida que no haya derramado verdaderos lagrimones con El Almendro. Mira que tienen años estos anuncios. Se siguen superando. Qué barbaridad, qué manera de emocionarme. Pero no una vez, absolutamente todas. Pues bien, este año se ha cumplido lo del anuncio.  Uno de los míos volvía por Navidad. Así que la emoción se me salía por los poros. Pura alegría.

Pero… la alegría no duró mucho.

Me gustaría decir que algo se torció el segundo día. Pero ya no puedo decir que algo se torció. La que se torció fui yo. Porque las cosas en sí mismas no se tuercen. Nos torcemos nosotros o para ser más exactos todavía, ni se tuercen las cosas, ni nosotros. Lo único que se tuerce es la interpretación que hacemos de lo que nos ocurre. Esta idea no es mía, ni mucho menos. Ya me gustaría a mí. Parece que es de Epicteto. Vamos, de antes de ayer.

El caso es que pasó algo. Nada que reseñar, nada del otro mundo. Algo muy cotidiano que tiene que ver con palabras desafortunadas de un alma cercana, poco más. Lo malo es que aterrizó en terreno sensible. Andaba yo con el espíritu de la Navidad muy a flor de piel y no fui capaz de encajar sin más. En cambio, me dediqué a elaborar un cuento para no dormir que me duró un par de días. Venga a darle vueltas al tema. Oye, cuando se pone la cabeza a elaborar es implacable. Una auténtica montaña rusa. Dicho así parece un alien que habitó en mí. Como si se hubiera apoderado de mi cerebro. Sí, más o menos lo sentía así. Y yo con todas mis ganas intentando fumigar esos pensamientos. No había forma. Cuanto más quería que se evaporaran más intensamente aparecían. Y dale que dale vueltas al tema. Pero esto funciona así, les damos de comer y ellos venga a engordar. Lo más divertido es que las razones que nos damos son auténticos tratados de lógica. Podríamos defenderlos hasta la extenuación. Qué ingenuos. Con tal de no mirar dentro, hacemos lo que sea. El caso es que me estaban fastidiando los días tan esperados. Qué latazo.

Tanta teoría sobre lo que nos pasa y las mejores soluciones para salir de ahí y cuando llega el momento de la verdad, zas, no doy una. Ni pongo en práctica la teoría ni la práctica. Me faltaba el primer paso. Fundamental. No resistirse, aceptar. Lo que se dijo se dijo, lo que ocurrió, ocurrió. Punto. Así que hasta llegar ahí, he pasado un par de días de gloria!. Yo solita. Muy interesante. El enganche emocional tiene algo muy perverso… me pregunto qué placer oculto encontramos en seguir ahí… que alguien me lo explique, please, porque algún placer tenemos que encontrar cuando nos cuesta tanto salir.

Por eso digo que el post, que con tanto acierto escribió Mabú la semana pasada, me dio una clave.  Acepta, no te resistas. Y desde esa paz interior construye. Gracias socia.

Estoy muy de acuerdo. No podía seguir adelante disfrutando de la Navidad sin aceptar. En este caso aceptar que los otros también tienen sus días malos o sus momentos de desatino. Ya está. Tanta lata para tan pocas cosa, porque la mayoría de las veces, un porcentaje enorme de veces diría yo, nos enredamos en cosas muy nimias de las que hacemos un mundo. El reto es tener la humildad necesaria para reconocer que ni somos el ombligo del mundo, ni los demás nos hacen cosas terribles.  El reto es soltar lastre emocional, salir de nuestra pequeñez para conectar de verdad con el otro tal y como es, sin querer que sea como a mí me gustaría, o que dijera siempre la palabra justa. Porque recordemos que ese otro, mañana somos nosotros mismos.

Este año voy a pedir a los Reyes que me envuelvan una dosis importante de aceptación y me la pongan al pie del árbol, a ver si así, en lugar de dos días la próxima es media hora o medio minuto ;;)).

Ana

Unas Navidades irresistibles

C171214c8d456be2medon la llegada de las Navidades, sin darnos cuenta, nos vemos envueltos en un ambiente de luces y colores, de notas musicales y delicados detalles decorativos. De exquisiteces varias y dulces tentaciones que nos deleitan la vista y el paladar. ¿Quién se puede resistir a esas copiosas comidas y cenas en familia o entre amigos?

446274-1_ll

Es difícil no embriagarse de ese espíritu alegre y festivo, incluso, resulta imposible resistirse a esas frenéticas sesiones de compras compulsivas, que en el fondo, casi todos odiamos.

Y yo digo… ¿por qué ese empeño en resistirnos?. Estamos cansados de oír que la vida hay que tomarla como viene, con sus alegrías y sus tristezas, con su cal y con su arena. Hoy voy a proponeros la no-resistencia, la rendición a aquello que nos toca vivir. Pues aquello que parece insoportable e irresistible en un momento dado, aquello que no queremos o podemos aceptar por considerarlo injusto, dañino, abusivo o incluso inmoral, no puede cambiarse sin antes haberlo aceptado. Lo que quiero decir es que creo que nunca podríamos transformar una determinada situación de nuestra vida sin que antes nos hayamos rendido a ella y la hayamos permitido ser.

Aceptemos entonces que la vida es irresistible, y desde esa sensación de paz interior, de no resistencia, tendremos menos sufrimiento. Entonces podremos actuar con más conciencia y planificando acciones más certeras hacia el cambio.

Porque aceptación no significa resignación. Porque aceptación no significa inactividad. Porque la aceptación no es incompatible con tomar las acciones necesarias para cambiar una situación. La aceptación lo que nos trae es un sentimiento de sosiego y tranquilidad desde el cual puedo actuar.

thikrdcvivYa están aquí, ya llegaron las Navidades. Y desde hoy os invito a practicar la no-resistencia a lo irresistible que nos traen. Rindámonos a cada momento en familia, poniendo consciencia en el presente, en lo que hay, sin mirar al pasado ni al futuro, sin comparar, ni juzgar ni etiquetar. Rindámonos a las irresistibles y copiosas cenas y comidas navideñas, disfrutándolas con todos nuestros sentidos; ya nos pondremos a dieta por los excesos tras aceptar ese par de kilos que vamos a coger, si es que los cogemos. Dejemos sitio a la ilusión por los regalos que demos y recibamos con sincera generosidad y agradecimiento. Aceptemos también las ausencias, los comentarios, opiniones y gestos de los demás, respetando y sin reaccionar, simplemente respondiendo desde nuestra aceptación.

¡Vivamos este año unas Navidades irresistibles!

Mabú.

 

 

Mis amigos los tóxicos

No sé muy bien que me pasa con la expresión “hay que huir de las personas tóxicas”. Llevo un tiempo escuchándola y si bien al principio compré la idea con lazo incluido, ahora no lo tengo tan claro, algo me cruje por dentro.

Al oírla, mi primate visceral y espontáneo asiente con la cabeza y me dice claro, claro y cuanto más lejos huyas, mejor. Y casi al mismo tiempo el mismito primate me dice, hey para quieta, a dónde te crees que vas, por qué tanta prisa. Total, que menudo lío tengo. El caso es que he decidido darle una pensadita a ver a dónde llego.

Vamos por partes. Me voy a aliar primero con el que me susurra que ponga tierra de por medio. Es un tipo listo. Me da razones convincentes a modo diccionario….persona tóxica: dícese de aquella que adolece de vicios emocionales;  negatividad, exceso de queja, victimismo a espuertas, dramatización, manipulación, culpabilización y seguro que alguno más que no recuerda. O sea, la típica persona que deja mal cuerpo, que poquito a poco drena la energía hasta dejarla temblando. La que consigue que un día con nubes y claros se convierta en un día con nubarrones. Y es que la fuerza emocional con la que irrumpe es muy contagiosa.

Y ahora cambio de tercio y escucho a mi primate amable. Ese que me susurra algo muy distinto. Me dice ¿qué es eso de una persona tóxica? Menuda palabra más cruel para referirse a una persona. Así, así de literal. Y claro, se me queda el cuerpo petrificado, me revuelvo en la silla inquieta. Entonces empiezo a preguntarme qué hace que una persona se merezca tal calificativo. Y sin querer aterrizo en su entorno, en sus referentes. En esas personas que le enseñaron a caminar. Quizá eran parecidas. O tal vez ha acumulado experiencias difíciles en su vida que han logrado cambiar la mirada alegre de niño, por la dolida del adulto. O puede que busquen reconocimiento de los demás con ese personaje gris. ¡¡Yo qué sé!! Lo que sí tengo claro es que uno no va al súper de la esquina y decide comprar cuarto y mitad de toxicidad, así, para empezar bien el día. Y apuesto a que no tienen ni la menor idea de la estela que van dejando.

Por tanto qué hacer, ¿huir o permanecer? Como no se me ilumina ninguna bombilla decido tomar otro camino para ver que se cuece por mis adentros. Y lo que se cuece es digno de analizar. Por un lado veo que ante una persona tóxica mi cola de pavo real se despliega con todos sus colores y deja claro que yo, ni soy tóxica ni quiero tener nada que ver con esos pobres infelices. Y me retiro de la partida no vaya a ser que me inunden y me fastidien el día. Aha, ahí nos vemos las caras. Pensamiento y actitud un tantico egoístas. A ver si el tema va a tener que ver con cómo me encuentre yo emocionalmente. Si estoy a medio gas es muy posible que no solo me invadan y hasta me secuestren sino que además compre a precio de oro la toxicidad y  la reparta generosamente. Ahora, si estoy feliz, a mi no me contagia ni el Tato. Puede que el camino más efectivo tenga que ver con cuidar, alimentar y nutrir las emociones más positivas, las que nos hacen estar a tope y nos ayudan a contrarrestar las otras. Otra podría ser, además,  abrir los ojos propios y ajenos para darnos cuenta de dónde estamos y qué emociones vamos desparramando por ahí.

Llegando al final de mi reflexión sobre este tema me asalta una pregunta incómoda. ¿Y si yo misma he sido uno de ellos? ¡Socorro! no, no, no. Yo no. Pero la pregunta insiste y no me queda más remedio que contestar. Siendo honesta creo que la respuesta es sí. Seguro que he derramado cierta toxicidad en algún momento de mi vida. La reflexión sobre mí misma me hace pensar que igual los tóxicos no lo son sino que están pasando por una etapa tóxica, por decirlo de alguna manera, o simplemente la ejercitan en ciertas circunstancias. Animo a que cada cual se mire con un poco de espíritu crítico a ver qué descubre.

Ojalá los que tienen excedentes de emociones positivas influyeran en los que están bajo mínimos. Ojalá los que lo ven claro sean espejo de los que no lo ven ni de lejos. Ojalá seamos un poquito más comprensivos con los que están ahí en ese vicio tan dañino, sobre todo para ellos mismos. Ojalá seamos capaces de influir positivamente.

 Ana