Las palabras y su magia

Creo que es la fascinación por las personas la que me ha convertido en una cotilla impenitente y  la que me azuza a conocer a cuantas más mejor y si son muy distintas a mí, mejor si cabe. Si no puede ser en vivo y en directo, opción número uno en la parrilla de opciones, tengo a mi disposición una jartá de medios. Tantos libros, documentales o sitios en la web como para vivir mil vidas más, sin olvidarme de los grandes balcones de nuestra tierra, opción barata y divertida por excelencia. Me refiero a las terracitas con su cerveza bien fría y pincho-que-no-falte, si es usted tan amable. Las concurridas playas en las que nuestros guiris y algún que otro nacional se torran en su ansia por acaparar sol. Y cómo no, las inconfundibles sillitas de enea que los ancianos de los pueblos colocan de forma estratégica a la orilla de sus casas, para pillar sombra y buenas vibraciones. Ellos sí que saben de feng shui. Todas ellas se convierten en estupendos patios de butacas desde los que observar al personal. Observar sus caras, sus risas si tenemos suerte, su mala baba si tenemos menos, o lo que sea que nos quieran ofrecer. Casi todo observable, si uno está dispuesto a tomarse el tiempo o es lo suficientemente cotilla, como yo.

Y entre los medios que tengo a mi alcance hay uno que me resulta bastante práctico, atractivo y a golpe de click. Se trata de internet. Y dentro de la web que es infinita; TED. Ya que estamos, aprovecho para declararme adicta, sí, sí, adicta. Se ha convertido en un imprescindible en mi vida, como los vaqueros y el gin-tonic. Supongo que para la mayoría, TED entra por sus ventanas virtuales de cuando en cuando, pero si por casualidad alguien no tiene el gusto, hoy es vuestro día de suerte, os presento uno de mis mejores hallazgos de los últimos años. Un sitio en el que encuentras a personas increíbles. Desde sesudos científicos, estudiosos, inventores de los cachivaches más peregrinos, emprendedores de sueños, genios desconocidos, músicos, escritores, artistas, investigadores, frikis de todo color y condición, meditadores, monjes y monjas, aventureros, exploradores, personas que se superan una y mil veces, luchadores intrépidos, virtuosos de la palabra… la lista es interminable. Lo que les une es su pasión por compartir ideas que merecen ser transmitidas. Son personas que tienen una historia que contar al mundo, ideas que nos ayudan, que nos hacen crecer a todos, son una joya, personas que me resultan tremendamente inspiradoras. Hace unos días tuve la suerte de toparme con una de esas personas que, como tantísimos, no me ha dejado indiferente. Su historia, pero sobre todo él mismo, Martin Pistorius, me han impactado de forma muy intensa.

No desvelo detalles sobre él por dos razones. Una, porque quitaros la curiosidad por conocerle me parece una faena, os perderíais una persona digna de ser conocida. Y segundo porque lo que él dice, solo lo puede decir él, sería imposible que mis palabras se acercaran a las suyas y mucho menos, os impactaran como las suyas propias. Así que dicho esto, os dejo con el vídeo para luego continuar.

Con mucha humildad me animo a hacer algunas reflexiones acerca de lo que Martin expresa y para ello he recogido un par de frases suyas que tienen que ver con la comunicación, las palabras y su magia.

Nos cuenta “era completamente impotente para cambiar nada en mi vida o la percepción que la gente tenía de mí”. Lo suyo no era una impotencia aprendida o imaginada, era real. La comunicación con otro ser humano no estaba a su alcance, ni las palabras podían salir de su boca, ni su cuerpo le permitía comunicarse de ninguna forma. Yo me pregunto cuántas veces somos nosotros mismos los que negamos las palabras y permitimos que nuestras barreras mentales y emocionales levanten muros insondables que obstaculizan la conexión con el otro.

Quizá es buen momento para hacer una parada y ver qué es lo que me apetece tanto decir y no digo, cuál es esa conversación tan necesaria que me gustaría mantener y no me atrevo, qué perdón está ansioso por salir y se me atraganta, qué sentimientos quiero expresar y no sé ni por dónde empezar, qué límites necesito establecer y a saber cómo se hace eso. Me viene a la imaginación lo que podría decirnos un Martin perplejo “¿qué te lo impide amigo?, ¿acaso no puedes imaginar las palabras que te ayudarán a conseguir eso que deseas, a expresar lo que tu corazón siente, a construir las relaciones que anhelas, a enderezar lo que te atenaza el alma?. Claro que puedes”,  nos diría. “Es cuestión de elegirlas con mimo, de colocarlas en orden, de sacar todo tu arte para entonarlas como debes. Eestán a ahí para que las uses de forma certera sin perder de vista que sólo tú eres responsable de lo que digas y calles. Con ellas podrás construir tu mundo particular, el que tú desees, en definitiva, podrás hacer magia”.  Y terminaría, “tienes el don de la palabra, úsalo”.  Y yo añadiría, pero cuidado, hagamos magia de la buena, no vayamos a equivocarnos y hacer magia negra lanzando por ahí dardos envenenados. En lugar del cielo, estaríamos construyendo el infierno.

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Más adelante nos dice “un extraño pasó por delante, me miró y sonrió… ese simple acto, ese momento fugaz de conexión humana, transformó cómo me sentía, dándome ganas de seguir adelante” En este caso no intervienen las palabras, interviene la comunicación no verbal, la que usamos cuando expresamos un hola cómo estás, me alegro mucho de verte, o por la misma vía un que te zurzan, me importas un rábano. Otra vez tenemos la posibilidad de elegir qué hacemos con esta herramienta tan potente que nos sirve para pintar de color nuestras relaciones y para alegrarle el día a alguien, por poner un ejemplo. ¿O me van a decir ustedes que una seductora sonrisa nespresso no les alegra el día?. Yo particularmente no me quiero perder ni una y tampoco privo a nadie, solo faltaría… ni de sonrojarme con el clásico silbido desde los andamios, si se tercian, ni de los guiños, los apretones de manos, los achuchones sentidos, las palmaditas en la espalda ni de los ea ea mi niña, ven que te consuelo. Eso, es echarle sal y pimienta a la vida. Así que comunicación verbal y no verbal para todos! Invita la casa.

Martin acaba su relato de una forma preciosa. Nos hace ver que le resulta complicado impregnar sus palabras con el significado profundo que tienen para él sin la posibilidad de decirlas en voz alta. Sin embargo, nos pide que “imaginemos esta próxima palabra tan cálidamente como podamos: gracias”.

Para terminar, recojo su petición para llevarla a nuestro día a día. La mayoría de nosotros tenemos el don de la palabra, la facultad de generar conversaciones llenas de matices, de dibujar pasión, ternura y comprensión en las partituras de nuestra vida. De dar esperanza, generar ilusión, arrancar sonrisas. Así que no seamos tacaños, usemos esa facultad y hagamos magia con nuestras palabras, magia de la buena.

Ana

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