Cerrado por vacaciones

Hay momentos en la vida en los que parece que no avanzas. En los que tienes la sensación de que pasan los días, los meses, incluso los años y ahí sigues. Metida en tu rutina, enganchada a tus hábitos, tus manías y tus situaciones cotidianas. Funcionando en modo piloto automático, con la mente vagando de aquí para allá y sin darnos cuenta realmente de donde la tenemos.5977139369_b973ecc7aa_z

Yo describo esa sensación como “Cerrado por Vacaciones”. Porque cuando vuelvo a tomar conciencia de mí misma, de mis proyectos, mis sueños, mis ilusiones y de toda esa realidad interior que subyace en mi día a día, me encuentro con la sensación de haber vuelto a casa después de unas largas vacaciones.

Siento la alegría de reconocerme en mi territorio, en el confort de mi hogar, en lo conocido y en lo menos explorado, en lo recién decorado y en esos rincones aún pendientes de reformar. La alegría de reencontrarme con mis tesoros y con mis porquerías. Regreso de un viaje a  “quién sabe dónde”, del cual recuerdo bien poco, supongo que por el hecho de que el que conducía era mi piloto automático.

Sin embargo, no puedo negar el sabor amargo que también me acompaña en esos momentos. Momentos en los que me invade una especie de angustia por no saber en qué he malgastado mi tiempo y mis energías, donde me ha llevado ese piloto automático y por qué motivo me he dejado llevar sin ofrecer resistencia alguna. Como cuando vuelves de vacaciones a la oficina y te preguntan qué tal y casi no aciertas a decir dónde has estado, ni qué has hecho porque ya ni te acuerdas.

boceto-alia-casaEn mi caminito de vida, aún no reconozco muy bien en qué momentos ni por qué decido colgar el cartel de “Cerrado por Vacaciones”, quizás es porque necesito descansar y dejar que pilote mi mente sola siguiendo las rutas a las que la tengo acostumbrada. Del mismo modo que tomamos vacaciones para desconectar. Pero lo que sí reconozco es esa amargura y desazón que me llevan a retirar ese cartel y volver a casa. A volver a reencontrarme con mi conciencia. Y reconocer ese momento es muy importante para mí, es un logro del que me siento orgullosa y que supongo, que con el tiempo, me ayudará a mitigar el dolor que me invade al tomar conciencia de que he estado ausente por un tiempo.

Hoy he asistido al  IV Maratón de Coaching de Las Rozas:

He escuchado una frase de Roberto Aguado que me ha hecho vibrar. «Como en casa en ningún sitio». Este gran experto en Inteligencia Emocional, hoy me ha empujado a hacer dos cosas importantes para mí. Por un lado, quitar mi cartel de “cerrado por vacaciones” (no os extrañéis si no sé deciros cuánto tiempo llevaba puesto), y por otro compartir este post con vosotros.

Gracias Roberto por tu frase: “Como en casa en ningún sitio”. Tan simple como cierta y llena de sentido. Hoy vuelvo a CASA, vuelvo para estar en Curiosidad,  vuelvo para estar en Alegría, vuelvo para estar Segura de mí misma y vuelvo a casa para Admirar la vida y aprender de ella. Hoy Roberto Aguado, he aprendido de ti.

Mabú.

 

Prayer of the Mothers

Abrir o no los innumerables vídeos, canciones, chistes, artículos… que me llegan al móvil es una decisión de mili-décimas de segundo, que coloca la cuenta de minutos de la que dispongo al día, peligrosamente en números rojos, o no, dependiendo de lo que sea capaz de hacer con ellos. Me resulta muy difícil decir que no a un vídeo prometedor, lo reconozco, pero poco a poco voy ganando la batalla a mi insaciable curiosidad y logro no abrir alguno de ellos, quizá pocos todavía. Pero ahí voy. Un día igual me decido a contabilizar el tiempo que dedico a este pasatiempo que me resulta bastante costoso a veces. Sobre todo cuando lo que me encuentro es una soberana memez y me doy cuenta de que una vez más he perdido la concentración en lo que sea que estuviera haciendo. Miedito me da descubrir la cuenta de resultados. En fin, reportaré por el bien común ;;)).

Ah! Pero no siempre es así. A veces me encuentro con algo que me remueve por dentro, me llena de esperanza, me ayuda a conocer una parte del planeta totalmente desconocida para mí o me presenta a personas increíbles con historias todavía más increíbles. Y ahí es cuando se tambalean mis ganas de contabilizar. Supongo que es cuestión de encontrar el sano equilibrio, como casi todo en la vida. Ahora, encontrar ese equilibrio es lo que me parece un arte. Por cierto, ayer conocí a una persona que, como de pasada, comentaba que por defecto tiene su móvil en silencio, no abre lo que le llega más que a una hora determinada del día o cuando le parece oportuno. Y no tiene precisamente un trabajo ligerito, ni pocas responsabilidades. Pero lo mejor es que ni se despeina, se queda tan pancha y lo cuenta como si tal cosa. Ole que ole.

Hoy es uno de esos días en los que me esperaba un vídeo que sí ha merecido mi tiempo. Prayers of the Mothers, Oración de las Madres.

http://www.youtube.com/watch?v=YyFM-pWdqrY.

Un vídeo en el que una marea de mujeres musulmanas y hebreas caminan juntas por la paz. Es el vídeo oficial del movimiento Women Wage Peace. Creo que se le ha dado entre poca y ninguna publicidad, una pena. Yael Deckelbaum pone la música junto a otras mujeres que sueñan y luchan por una paz tantos años anhelada. Este vídeo me ha parecido un canto al sentido común y a la esperanza. No me cabe duda de que muchos hombres han dado el do de pecho, para poner sensatez a este conflicto que dura ya tanto y encontrar alguna solución. Lo penoso es que no hay forma de que por fin oigamos buenas noticias. Alguna vez han estado a punto de dar por terminado tanto sufrimiento y unos y otros salen con la eterna necesidad de tener bajo su tutela tal o cuál parte del territorio, tal o cuál parte sacrosanta e irrenunciable. Me pregunto si serían de verdad capaces de argumentar con la conciencia bien tranquila que tanta muerte y destrucción se sustenta en una verdad con mayúsculas.  En mi opinión, las razones se pierden en la noche de los tiempos y más bien son las razones de la soberbia y el odio las que brillan por doquier. Sin embargo, una luz de esperanza parece que sí empieza a brillar. Algunos pensarán que es una luz diminuta en medio de tanta oscuridad. Da igual. Miles de mujeres caminando sobre la  tierra de sus antepasados con la convicción que llega a gritos desde sus corazones. Con la convicción de que ellas tienen mucho que aportar. Con la convicción de que es posible vivir en paz todos juntos, sus hijos y los que vendrán. Esa certeza es la que les mueve, con la que se han unido y con la que trabajan por conseguir su sueño.

Hoy me uno a ellas desde las razones de un corazón que sabe fundamentalmente de entrega y amor. El corazón de una madre. Y desde ahí, me uno a ellas en su oración.

Ana

 

He decidido mediar

Cuando me encuentro ante la toma de una decisión, a menudo me viene a la cabeza esa imagen tantas veces recreada en películas o dibujos animados en la que una parte de mí misma, sensata y responsable, a la que no sé bien por qué tiendo a colocar una corona de ángel y alitas, dialoga en tono bastante subidito, por cierto, con otra parte de mí más espontánea, alegre, irascible o maliciosa Resultado de imagen de angel y diablillo dibujossegún la situación, a la que imagino vestida de rojo y con unos pequeños cuernos de diablesa.

Y yo me pregunto…  ¿por qué lo racional y sensato tradicionalmente se asocia al bien y aquello más emocional, que tiene que ver con los sentidos y con lo placentero se asocia con el mal?

Tradicionalmente ha sido así y por consiguiente, en caso de conflicto, la razón debía imponerse siempre a la emoción. Sin embargo, ¿es necesario que  la emoción y la razón se líen a puñetazos dejándonos agotados y chupando nuestra energía en un diálogo absurdo y a menudo “de besugos”? ¿No podríamos mediar entre ellas para lograr un entendimiento? ¿No podríamos negociar y que, en lugar de ganar la partida uno de los dos contrincantes, llegáramos a un empate?

Por ejemplo, siguiendo el legado de Platón, podríamos educar enseñando a desear lo deseable. Es decir, ¿y si conseguimos que aquello que deseamos, nos gusta y nos apetece, aquello que nos hace vibrar y nos ilusiona resultara ser la opción más sensata, correcta y racional?  Seguro que nos pondríamos manos a la obra con total convicción y sin perder ni un minuto. Seríamos más eficaces y resolutivos y obtendríamos los mejores resultados. Estaríamos haciendo trabajar razón y emoción en la misma dirección.

260576-13011qp22027Pues bien,  yo me he propuesto mediar. Mediar entreResultado de imagen de mujer de negro dibujos mis dos monigotes vestidos de ángel y diablillo y hacer que se entiendan en ese que es mi diálogo interior. He decidido poner mis emociones al servicio de mis objetivos, de mi razón. Y por eso, ahora, he incluido a otro personaje más en mi conversación; lo llamo “Conciencia” y lo imagino vestido de negro y con un silbato. Sí, es un árbitro que escucha y da espacio a todas y cada una de mis emociones. Un árbitro concienzudo que atiende a razones, mide consecuencias y valora mis objetivos. Un árbitro emocionalmente inteligente al que acudo cada vez más a menudo y al que presto una atención consciente, pues es el que logra un entendimiento pacífico entre mis razones y mis emociones y consigue que logre una gestión más auténtica y eficaz de mí misma.

Mabú.

¿Hablamos?

Por alguna razón ha venido a mi memoria una conversación que tuve con una compañera de trabajo hace un montón de años. Teníamos una relación… digamos que tensa… sí, vamos a decir tensa para ser fina.  Como detalle aclaratorio me atrevo a confesar que sentía vivamente cómo se me retorcía el colmillo al pensar que me tenía que reunir con ella, las pulsaciones se aceleraban y los pensamientos se disparaban en un torbellino de monadas, una detrás de otra, todas en fila india. En fin, un panorama curiosito que el transcurrir de los días no conseguía suavizar, más bien lo contrario. Aún recuerdo alguna de las emociones que pululaba por mis venas… feas a más no poder.  ¡Qué triste! Lo más triste es que todo empezaba y terminaba en mí. El mundo por un lado, yo por el mío. Con mi rabia y mis líos mentales iba y venía al trabajo con la mochilita cargada con lo que yo misma había fabricado, un montón de sandeces y niñerías varias.

Hasta que llegó el día de no-puedo-más. Ese día fue el gran día, como todos los grandes días en los que mi silenciosa conciencia se cuela por una rendija y de forma pausada pero impenitente me susurra al oído alguna verdad que no quiero oír. Me dejó ver la locura de mi mente y  el despropósito de mis comportamientos. Fui tomando consciencia de lo que habitaba en mí y no en ella, en la situación, en el trabajo, en qué se yo. Empecé a cuestionarme si tal vez, solo tal vez, era yo la causa de mi paupérrimo estado emocional. En aquél momento no lo tuve demasiado claro, lo que tenía era un batiburrillo caótico que me asolaba y me arrastraba sin control, pero lo que tuve bien clarito fue que así no podía seguir.

Y tomé una decisión, esto hay que solucionarlo cómo sea. El cómo sea era lo más difícil. La única opción que vi fue mantener una conversación lo más  civilizada posible. Qué sabía yo entonces  de conversaciones  de calidad capaces de restaurar hasta lo más perdidito. No tenía ni idea. Pero lo que sí tenía era determinación y ganas. Ganas de dejar de oír mis propias quejas. Y muchas ganas de dejar de pasarlo mal. Así de sencillo. Con esas armas y poquito más reservé sala y allá que me lancé. Mentiría como una bellaca si dijera que fue una decisión de hoy para mañana. Me costó lo mío. Iba y venía con mi decisión poniendo sobre la mesa todo tipo de excusas para no lanzarme, agazapada muerta de miedo a ratos, altiva en las alturas llenita de orgullo otros. El día llegó y allí me veo yo sentada frente a ella. Sin saber bien cómo, fui abriendo las compuertas de mis pensamientos y mis emociones y desgranando lo que deambulaba libremente por ellas. Con respeto absoluto y mayor asombro ella escuchaba y asentía. No tenía ni la menor idea de lo que se cocía en mis fogones. Pues si ella estaba perpleja, yo lo estaba aún más viendo su cara de qué me estás contando. Cómo era posible que ella viviera ajena a todo mi malestar. Pues sí. Llovieron las aclaraciones, los puntos de vista, los perdones. Fue un punto y aparte. Hoy somos buenas amigas.

Y es que esto pasa y pasa con mucha frecuencia. Vivimos situaciones complicadas que nos hacen infelices, muy a menudo en el entorno laboral, familiar o incluso entre amigos. Fabricamos historias, cuentos para no dormir sobre los demás y nosotros mismos. Ah pero ignoramos que de la mano de nuestras historias, bien pegaditas, conviven las emociones. Si lo que nos contamos tiene que ver con lo mal que me cae aquél o aquella, si tiene que ver con las cuatro palabritas que le diría, si tiene que ver con que en algún momento se hará justicia, si tiene que ver con que… entonces las emociones que vamos a vivir van a tener mucho que ver con la rabia, el miedo, la tristeza y en torno a ellas las miles de posibles sutiles variantes. Lo más espeluznante es que somos muy capaces de seguir  enganchados a ese tipo de situaciones for ever and ever. La mayoría de las veces ni siquiera somos conscientes, nos creemos a pies juntillas lo que nos contamos. Que si éste me ha hecho, que si aquél me ha dicho o dejado de decir, que si fíjate cómo me ha mirado, que si hoy sí que sí se la cosa ha pasado de castaño oscuro, que si… Y en la tarea de fabricar no se nos ocurre cuestionarnos, preguntarnos si acaso el otro también siente y padece, si es posible que haya razones que nuestra ceguera nos impida ver, si quizás otros puntos de vista se escondan detrás de las cortinas de su también complejo mundo interior.

Hablar de absolutos me parece una necedad, no siempre se arreglan las situaciones con una  conversación. Sin embargo, creo firmemente que una conversación diseñada con mimo resuelve muchas relaciones enquistadas, muchas más de las que nos podemos imaginar, y no solo resuelve sino que ayuda a construir relaciones de calidad.

Diseñar con mimo implica en primer lugar, abrir unas cuantas puertas y descubrir qué hay detrás. Llegar a la habitación de nuestros pensamientos y leer lo que aparece escrito en sus paredes. Entrar en el desván y ser espectadores de lo hacemos, no hacemos y fundamentalmente de qué modo. Bajar a los cimientos y encontrarnos con nuestras creencias y valores más profundos. Afinar el olfato para poder percibir qué emociones van y vienen por ese lugar. El caminito no es precisamente fácil,  no, no lo es. Sobre todo porque el ego ocupa mucho lugar y la humildad y la comprensión poco. Porque la fuerza de la costumbre nos mete en el cauce ya recorrido mil veces y no vemos otros senderos por los que transitar. Como digo, el camino no es fácil, pero merece la pena recorrerlo.

Y en segundo lugar, diseñar con mimo implica tener muy claro qué queremos lograr, qué tipo de relación queremos construir, qué vamos a decir y qué no. Los detalles del encuentro… no es lo mismo hablar entre ruido, con interrupciones y con el móvil encendido, que en un lugar tranquilo y de paso acogedor acompañados de un café de los ricos. No es lo mismo disponer de diez escuálidos minutos que disfrutar del tiempo a nuestras anchas. Implica, además,  elegir un determinado tipo de emociones y un modo de estar. No todo vale. No valen los reproches, ni las listas de agravios, ni las exigencias. Valen las palabras dichas desde un corazón en paz, desde la aceptación de uno mismo y el otro.

Y así, construiremos relaciones de calidad.

A veces es cuestión de llenarnos de coraje y pronunciar algo tan sencillo como un ¿hablamos?

Ana

 

Pasión por la vida

Cuando era sólo una niña tuve la fortuna de poder trabajar detrás de un mostrador atendiendo al público. Era una papelería familiar en un barrio de Madrid a la que acudían gentes de aquí y de allá.

Nuestros clientes eran de todos los colores: mayores y pequeños, gruesos y flacos, tristes y alegres, los más humildes y los menos, los que sabían esperar y los que se colaban  sí o sí, los que nos hablaban desde las alturas y los que tenían los pies y el corazón en la Tierra, los amables, cariñosos y agradecidos, los exigentes, avasalladores e intransigentes. Les veíamos entrar por la puerta y la práctica aderezada con un instinto primario nos avisaba de forma fulminante atención que llega míster wonderful, ojo que entra la listilla, ahí viene lo más salao del barrio, cuidadito con la señorita xyz que hoy viene con prisas… Hoy me doy cuenta de cuán fácil es etiquetar a las personas. Dicen que esto nos facilita al interacción rápida, sí, sí, eso es así, y además nos hace caer en errores garrafales… pero este no es el tema de hoy…

Almaceno en mis recuerdos anécdotas imborrables, llenas de ternura. Llega a mi memoria la cara de la viejecita que decía adiós con dolor a sus pesetas en el mostrador, para llevarse el cuaderno de “respirar”, como ella lo llamaba,  que no era otra cosa que el cuaderno con “espiral”, vamos el que tenía un alambre a la izquierda. Casi con la misma ternura y alguna risa,  abren la puerta de mi memoria personajes encantadores como aquél arquitecto que defendía el bastión de su inteligencia con argumentos tales como yo soy arquitecto y te digo que esta escuadra y cartabón que me llevé ayer están torcidos. Perpleja me quedaba yo pensando para mis adentros qué tendrá que ver que sea arquitecto, si están torcidos se cambian y punto. Inocencia, bendita inocencia la mía que no sabía entonces poner nombre a nuestro amigo, el ego. Me conmovían las almas perdidas que buscaban refugio contándonos más desdichas que dichas. Por aquél entonces aprendí la necesidad de hablar de muchos, o más bien la necesidad de ser escuchados, la necesidad de afecto, la necesidad de contacto con otro ser humano, ni más ni menos. Aquellas experiencias fueron purita escuela de vida para mí.

Creo que fue en aquella época cuando nació en mí la pasión por las personas. Al acabar el día llegaba siempre a la misma conclusión, las personas son fascinantes, todas distintas, cada cual  llega con sus cosas y sus vidas, con sus prisas,  inquietudes, manías, miedos, sus pasiones… la certeza de que ganan por goleada los buenos no me ha abandonado nunca. Ganaban por mayoría los amables, los simpáticos y divertidos, los  generosos en sonrisas. En un pequeño reducto quedaban los pocos que con sus exigencias, con su forma agresiva o altiva, enturbiaban mi mundo interior, pero eran los menos, un porcentaje mínimo que no lograba empañar mis días, ni cambiar mi concepto del ser humano.

Hoy en día he logrado unir ambos, a los buenos y a los malos, como yo les llamaba. Ya no hay buenos ni malos, somos todos personas  con aprendizajes que nos permiten vivir vidas plenas o que nos limitan, que nos impulsan o nos frenan, cada uno con nuestros valores, creencias, nuestra forma de ver la vida, nuestras pequeñeces y grandezas… Y creo que esa convicción es la que me permite sentir pasión por conocer, explorar, experimentar, aprender.

Y con esta pasión es con la que empiezo esta aventura, de la mano de Mabú, amiga, y compañera en esta nueva andadura. Con esta pasión queremos crecer, compartir, acompañar, transmitir lo que hemos aprendido y vamos aprendiendo. Con el propósito de aportar, sumar, contribuir a generar consciencia, amor por nosotros mismos y por supuesto, pasión por la vida.

Ana