Creo que es la fascinación por las personas la que me ha convertido en una cotilla impenitente y la que me azuza a conocer a cuantas más mejor y si son muy distintas a mí, mejor si cabe. Si no puede ser en vivo y en directo, opción número uno en la parrilla de opciones, tengo a mi disposición una jartá de medios. Tantos libros, documentales o sitios en la web como para vivir mil vidas más, sin olvidarme de los grandes balcones de nuestra tierra, opción barata y divertida por excelencia. Me refiero a las terracitas con su cerveza bien fría y pincho-que-no-falte, si es usted tan amable. Las concurridas playas en las que nuestros guiris y algún que otro nacional se torran en su ansia por acaparar sol. Y cómo no, las inconfundibles sillitas de enea que los ancianos de los pueblos colocan de forma estratégica a la orilla de sus casas, para pillar sombra y buenas vibraciones. Ellos sí que saben de feng shui. Todas ellas se convierten en estupendos patios de butacas desde los que observar al personal. Observar sus caras, sus risas si tenemos suerte, su mala baba si tenemos menos, o lo que sea que nos quieran ofrecer. Casi todo observable, si uno está dispuesto a tomarse el tiempo o es lo suficientemente cotilla, como yo.
Y entre los medios que tengo a mi alcance hay uno que me resulta bastante práctico, Sigue leyendo